Wednesday, March 21, 2007

Me tiraron el I-Ching

Bah, en realidad no sé si se dice "me tiraron", el I-Ching no son cartas, es un libro. Lo que tenés que "tirar" son unas monedas raras (que tenés que mojar al tiempo que te lavás las manos, y luego tenés que "secarte" en ellas). Entonces, según como salen esas monedas, te corresponde cierto "dictamen" del I-Ching sobre la duda por la cual lo estás consultando.
La cosa es que, del total de ese dictamen, sólo un 15% se ajustaba a lo que pregunté. El resto de la respuesta decía algo así como hay que castigar a los conspiradores (?), aunque no a los secuaces (???). Todavía tengo que dilucidar quién es conspirador y quién es secuaz. Y uno se acercaba a esto buscando respuestas claras...

Thursday, March 08, 2007

Crónicas desde el Planetario: Pedro Aznar en vivo (sí, fue en enero, pero no me anduvo la PC por dos meses...)

Domingo 28 de enero, 20:30. Llegué media hora tarde al recital gratis que Pedro Aznar daría afuera del Planetario, pero, como suponía, al principio estaría tocando solamente Roxana Amed, quien no me interesaba tanto (a pesar de que llegué justo cuando interpretaba una interesante versión de “Durazno sangrando” de Invisible). Lamentablemente, la mayoría de los medios no había avisado que primero tocaría esta mujer, así que las 5.000 personas que pretendían ver a Aznar a las 20 tuvieron que soportar una hora de espera escuchando a una artista que no les interesaba. Por mí todo bien, pero me dio lástima por ella: en uno de sus últimos temas, la gente empezó a aplaudir antes de que terminara la canción por lo impacientes que estaban, pero ella, interpretando equivocadamente el motivo del aplauso, dijo “Bueno, vamos a hacer un tema más”, a lo cual el público le respondió “¡Nooo!”. Esa negativa sonó bien fuerte, pero ella siguió su plan y se mandó los últimos dos temas de su minirrecital.
A continuación llegó Pedro, solitario con su guitarra, y se mandó con “Lina de luto”, muy buen comienzo para un recital. Lo raro de este concierto es que había sólo un músico con su guitarra frente a 5.000 personas. Incluso él mismo llamó la atención sobre eso, diciendo que le alegraba este intento de “recitalcito de fogón pero multitudinario”. Las dos canciones que siguieron fueron la gloria para sus fans: “Tu amor”, de su repertorio junto a Charly García (canción reconocible ya desde los entrecortados rasgueos de guitarra del comienzo) y el romanticón (en el buen sentido) “A primera vista”, que casi se podría decir que es más conocida por la versión de Aznar que por la de su autor original, Chico César. Después siguió “Fotos de Tokyo”, que en versión acústica me gusta mucho más que la versión original del álbum del mismo nombre. Luego interpretó “A un gato”, un poema de Borges musicalizado por Aznar en 1999, en ocasión del centenario del escritor argentino, pero debo decir que, de ese proyecto de musicalización de poemas, yo hubiese preferido que tocase algo como “Buenos Aires” (nadie puede contra la frase “No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”).
El tema siguiente fue “Después de todo el tiempo”, bello pero un poco largo para mi gusto. Luego, Pedro invitó al escenario a Roxana Amed, que, remitiendo humorísticamente al rechazo previo que había sufrido por parte del público, dijo de manera autoconsciente “Otra vez yo…”. Y el tema que interpretaron en conjunto fue una versión en castellano de “Amelia” de Joni Mitchell, incluida en el último disco de Amed. Esto fue grandioso para mí porque amo la música de Joni Mitchell y ese tema en especial, que tiene una de las líneas de bajo más acogedoras que se hayan creado, pero no estoy muy seguro de que al público en general le haya fascinado este tema (la Mitchell no es muy “masiva” en la Argentina). Luego se fue la Amed del escenario y Pedro le rindió homenaje al fallecido baterista Oscar Moro (compañero suyo desde los tiempos de Serú Girán) interpretando un tema de Los Gatos (banda primigenia argentina donde también tocó Moro) que, según dijo, fue uno de los primeros rocks en castellano que escuchó en su vida: “El rey lloró”.
Entonces Pedro anunció una seguidilla de seis temas que formarán parte de su próximo disco, todos covers de canciones que él ama y que le “enseñaron” sobre el arte de escribir canciones. A continuación se escuchó una intro de guitarra que hizo aplaudir a todos los que la reconocieron, y los que no lo hicieron al instante sí aplaudieron cuando se escuchó el primer verso y resultó evidente qué canción era: “I was dreaming of the past…”. Sí, era “Jealous guy”, el enésimo cover de John Lennon que hace Aznar. Y después de un tema de un ex beatle, ¿qué podía sonar? Efectivamente, un tema de los Rolling Stones. Otra intro de guitarra inconfundible y otra canción romanticona en el mejor sentido: “Angie”. Después vino una en castellano: “Credulidad”, de Pescado Rabioso (tardé en reconocerla, aunque por la melodía y la letra era evidente que se trataba de un tema de Spinetta). Luego Pedro volvió al inglés para un tema de otro fallecido ex beatle: la gloriosa “Isn’t it a pity” de George Harrison, versionada en castellano. La seguidilla de covers de su próximo álbum finalizó con la cereza que faltaba: “Confesiones de invierno” de Sui Géneris. Si algo le faltaba a Aznar, era versionar a esa banda. Por si suena como una crítica, aclaro que no lo es, y que esta canción hoy en día le sale mejor a él que al propio Charly García, que ya no puede entonar tan bien (algunos dirán directamente que ya no puede entonar, pero no yo).
Volviendo a su repertorio más tradicional, Pedro hizo “Amor de juventud” y luego otra de las sorpresas de la noche: “Yo tengo tantos hermanos” de Atahualpa Yupanqui. Y siguiendo con Yupanqui, a continuación sonó como un hermoso regalo “Soledad, Jujuy, 1941”, uno de los poemas inéditos de Atahualpa que varios artistas musicalizaron en 1999 para un álbum tributo. Éste es, en mi opinión, el mejor tema de ese álbum, y hacía más de dos años que no lo veía a Pedro interpretarlo en vivo, así que escucharlo esa noche fue algo maravilloso, y se ve que mucha gente opinó lo mismo por los impresionantes aplausos que recibió. Luego, Aznar pasó al destornillador, y no, por enésima vez, no me refiero a la bebida, sino a la herramienta, que utiliza para tocar el bajo en “Muñequitos de papel”, un tema sombrío que le da pie para exhibir su maestría habitual en ese instrumento. Al terminar, Pedro se fue del escenario y, para los primeros bises, volvió nuevamente con Roxana Amed y su banda, para interpretar una gran versión de “Friends” de Led Zeppelin, incluida en el último álbum de Amed. Luego volvió a quedar solo y se mandó con uno de los temas que escribió dentro de Serú Girán: “A cada hombre, a cada mujer”, que suele usar para terminar sus shows. Efectivamente, Pedro se fue, pero regresó para el último bis, otro cover de John Lennon que sería la última de las 20 canciones de la noche: “Love is real”. Algún malintencionado podría acusar a Aznar de complaciente con su público, ya que los covers que eligió son fácilmente reconocibles y “masivos”, pero, como él mismo dijo, son las canciones con las que creció, las que siempre quiso tocar. De todos modos, lo que hace este repertorio de covers es confirmar que la relevancia de Pedro Aznar no es la que tiene como compositor, sino como instrumentista y cantante (su increíble y elástica voz es uno de los secretos a voces de la música argentina). Esto no quiere decir que no haya escrito buenas canciones, pero, dentro del total de su obra como solista, las composiciones propias ocupan bastante menos de la mitad, sobre todo desde que en los últimos años sacó álbums casi íntegramente dedicados al folclore argentino y a la música brasilera. Pero, más allá de si interpreta temas propios o ajenos, nada de eso habla de su calidad como prodigador de emociones: en eso, que es lo que realmente importa, es un grande.

Thursday, March 01, 2007

Tarde pero seguro: pequeñas reseñas de los estrenos de cine del 2006

Y creo que con ese título queda todo claro. Ah, no, falta decir algo: en este post no se develan las posibles sorpresas ni los finales de ninguno de los films que se mencionan, así que, adelante, pueden leer sin miedo y luego verter sus opiniones.

-“La canción más triste del mundo”: a pesar de que se estrenó pasada mitad de año, yo la ubico al principio porque ése fue mi orden cronológico, ya que la vi en el Festival de Cine de Buenos Aires del 2004 y entonces es el primer estreno del 2006 que yo haya visto alguna vez. Lamentablemente el estreno comercial fue en proyección de DVD, pero yo la había podido ver en fílmico. El nuevo enfant terrible canadiense, Guy Maddin, mezcla estilos y formas de hacer cine para entregar una delirante comedia dramática en blanco y negro sobre una competencia para encontrar, justamente, la canción más triste del mundo. Seguro este film será culpado de ser extravagante o bizarro, pero creo realmente que hay una verdadera película debajo de toda esa brillantina y ese aire de film mítico y de culto (que es un aire que se puede dar cualquier película con el solo objetivo de ganar público). Sobresale Isabella Rosellini, con ese hallazgo de piernas que contienen cerveza. Además, hay apuntes interesantoides sobre la Primera Guerra Mundial y las diferencias entre las idiosincracias de diversos países. El blanco y negro tiene aquí un granulado casi de película muda, eso le agrega encanto. Y, por supuesto, está la música. Un gran melodrama trágico con humor: 9 Aires

-“La historia del camello que llora”: otra que vi antes en el Festival de Cine de Buenos Aires, esta vez el del 2005. Un documental con toques pintorescos sobre una familia de Mongolia que trata de solucionar el hecho de que una camella rechace a su camellito. Pero esos toques pintorescos hacen que el film se sienta un poco falso, y de hecho creo estar de acuerdo con El Amante en que el montaje de este supuesto documental intenta crear una historia donde no la hay. 4 Aires.

-“Sueño de una noche de invierno”: ésta es otra que vi en el Festival de Cine de Buenos Aires del 2005, del director de “Como barril de pólvora”. Una madre y su hija autista, refugiadas serbias, toman la casa de un preso, y cuando éste sale de prisión y vuelve a su hogar comienza una inesperada pero dulce convivencia con ellas. La eterna duda de qué es un golpe bajo se aplica a este film: yo creo que no hay ninguno en esta película, siento que me emocionó con buenas armas, pero el recuerdo de la muchacha autista me genera dudas. Pongámosle 8 Aires, con algunas reservas.

-“Capturando a los Friedman”: como las anteriores, se estrenó a mitad de año pero yo la había visto el año anterior, en cable. Es un documental sobre una familia a la que rodean rumores y juicios sobre acoso sexual a menores de edad. No sé si el tema suena interesante, pero la visión de esta película resulta verdaderamente apasionante, primero porque la familia sobre la que trata es tan jugosa que daría para una miniserie, pero además porque, aún sin decirlo explícitamente, este film muestra que son pocas las certezas que podemos tener sobre un tema. No es una película con una “hipótesis” preprogramada, sino que investiga y muestra una cadena de acusaciones, relatos, filmaciones, opiniones… es decir, muestra la única realidad cognoscible, sin llegar nunca a estatuir una verdad absoluta. 10 Aires.

-“Memorias de una geisha”: el director de “Chicago” volvió con otro proyecto ambicioso, esta esperada adaptación de un best-seller que Steven Spielberg quiso dirigir durante muchos años pero terminó solamente produciendo. Lástima, porque quizás él hubiese hecho una notable película. Lo que quedó es una rutilante telenovela oriental, cosa que de por sí no es mala, pero podría haber sido un film mucho mejor. A diferencia de mucha gente, no me molesta que los roles principales de japonesas los hagan actrices chinas: viva el show y la grasada. Elogio el aspecto novelesco de la historia, las frases hechas, el despliegue escénico… es entretenimiento, y no aburre para nada. Lástima que pudo haber sido mucho más que simplemente una historia para pasar el rato. 5 Aires. Y agradezco a la amiga que me regaló su entrada gratis para el preestreno.

-“Las crónicas de Narnia: el león, la bruja y el ropero”: uno podría esperar que este film sea infantil en el sentido peyorativo del término, pero la verdad es que está bastante cuidado en todos sus aspectos y en su progresión narrativa. Esto último, lamentablemente, no se aplica tanto a la segunda mitad como a la primera, que es realmente brillante. Las confrontaciones finales, en cambio, no despliegan la imaginación o el amor por la narración que se vio durante la primera mitad. Los protagonistas humanos están aceptables, pero el gran problema es que no se siente creíble que quieran arriesgar sus vidas por un mundo que apenas conocen. “¡Aslan!” gritan, alentando al león mesiánico como si lo conociesen de toda la vida y el espectador tuviese que sentir como real esa relación… cosa que no se siente. Ah, y ese costado alegórico (el león como Cristo) sólo distrae y no hace que la historia sea más interesante. Y no me digan que eso pertenece a la novela original, porque no es excusa: al hacer una película se pueden hacer cambios, se DEBEN hacer cambios. De todos modos, 7 Aires por narrar una agradable aventura.

-“Los hermanos Grimm”: a diferencia de lo que sucedía hace muchos años, ahora Terry Gilliam no es bien considerado por la crítica. Le dieron con palos a este film, pero no se lo merecía (el que sí es una bazofia engañosa y supuestamente “artística” es su film posterior, “Tideland”, que acá no se estrenó). La de los hermanos Grimm es una ficcionalización que contiene todas las constantes del estilo de Gilliam, que mezcla personajes quijotescos, humor negro, asquerosidades físicas, ambientes sombríos y efectos especiales. La presencia de Jonathan Pryce (referencia a “Brazil” y “Las aventuras del Barón Munchausen”) es bienvenida, y los demás personajes, tanto los principales como los secundarios, logran ser lo suficientemente interesantes. Con algo de placer culposo, le doy 7 Aires.

-“Munich”: otra cuasi-obra-maestra de Steven Spielberg. Otro asombroso cambio de registro en su filmografía, ya que, si bien puede encuadrarse dentro de sus films de “temática social y/o histórica”, el estilo de este film es bien distinto de “El color púrpura”, “El imperio del Sol”, “La lista de Schindler”, “Amistad” y “Rescatando al soldado de Ryan”. La temática es bien setentista, casi la de un film que le podría haber interesado a Costa Gavras: un grupo del Mossad debe eliminar a varios terroristas palestinos, como represalia por los asesinatos de atletas judíos ocurridos en las Olimpíadas de Munich. Pero no sólo la temática es setentista, también lo es el feeling de la película, con una narración que a pesar de ser episódica nunca aburre y se apoya constantemente en actuaciones sublimes de no-estrellas (aplausos para todo el elenco, en especial Eric Bana y Ciaran Hinds) y en una maestría visual como pocas veces hemos visto en films de Spielberg (lo cual ya es mucho decir). Muchos la criticaron por no “jugarse” por uno de los dos bandos, lo cual es ridículo, ya que lo que hace la película es mostrar lo que todos sabemos pero no está mal recordar: la violencia sólo engendra más violencia. Como ejemplo está la toma final, donde vemos, casi disimuladas, las Torres Gemelas, que no tienen relevancia para esa escena pero están ahí, generadas por computadora, recordándonos que el presente de ese film derivará en más guerra y paranoia. 10 Aires.

-“El increíble castillo vagabundo”: hace un par de años dejé pasar “El viaje de Chihiro” porque la estrenaron doblada. Esta vez decidí no arrepentirme y salir a ver la nueva película de Hayao Miyazaki, ya que, mientras el doblaje no sea terriblemente malo, sus films deben ser experimentados en la pantalla grande y granulada de un cine. Es la historia hermosísima, imaginativa, cuasi-ecológica y demasiado fantasiosa (en el buen sentido) de una chica que se hace vieja por un hechizo pero no pierde vitalidad y vive aventuras impensadas junto a Mowl, un hombre-niño-muchacho-mago que la enamora. Cada segundo es una hermosura visual (y a veces emocional) a la que nos debemos entregar dejando todas las leyes de la física y la racionalidad afuera de la sala. 10 Aires.

-“Buenas noches y buena suerte”: el segundo film como director de George Clooney recibió, como el anterior (“Confesiones de una mente peligrosa”), muy buenas críticas. Cuenta la historia de Edward Murrow, un periodista empeñado en hundir al senador McCarthy, principal responsable de la “caza de brujas” de mediados de siglo XX. Es raro que esta historia en blanco y negro y sin muchos aspavientos atraiga tanto público, pero no importa: más que la temática, me gustó el mood de época que despliega el film, la sensación de veracidad que logra transmitir cada momento y la cercanía con los personajes que se siente al ver cómo los protagonistas comparten diarios, cafés, cigarrillos, ideología. Ah, y la relación entre Robert Downey Jr. y Patricia Clarkson es genialmente sutil. 8 Aires.

-“Johnny y June, pasión y locura”: un biopic sobre músicos, en este caso con Joaquin Phoenix como Johnny Cash y Resse Whiterspoon como June Carter. Ella está brillante (y ganó el Oscar, aunque eso no signifique nada), él no tanto pero zafa. Las performances vocales de ambos son buenas: lo malo es que, justamente, al terminar el film escuché a un espectador decir “Me voy ya a comprar un CD de Johnny Cash”, como si hubiese sido cautivado por su voz, cuando en verdad la voz de Cash nunca se escucha en toda la película. Bueno, sí, en los títulos del final, pero no es suficiente. Un playback de Joaquin Phoenix con el sonido original de Cash habría sido bienvenido. El comienzo del film y algunos momentos puntuales hacen que valga la pena verlo, pero la falta de sorpresa y de un estilo jugado atentan contra el resultado general. No es un terrible desastre ni una gran película: 5 Aires.

-“Soldado anónimo”: la nueva película del director de “Belleza americana” y “Camino a la perdición”. ¿Qué quiere decir eso? Que si observamos su filmografía hasta la fecha notaremos que sus films van siendo cada vez mejores, aunque todavía no llegan a ser grandes películas (para empezar, “Belleza americana” fue muy sobrevalorada, pero eso es otro tema). Este film bélico-dramático-con-toques-de-humor-cínico es ciertamente muy interesante, y lo tengo bastante olvidado; creo que se merece otra visión. Recuerdo que Jake Gyllenhaal ponía todas las ganas para hacer una performance intensa en el rol protagónico, y lo lograba. Y por el resto de mis recuerdos del film (que no son muchos), le doy 7 Aires.

-“Secreto en la montaña”: la nueva película de Ang Lee, que desarrolla una vez más la eterna dicotomía entre la pasión y la mesura (tema que el taiwanés ya exploró a lo largo de diversos géneros, en “El banquete de bodas”, “Comer, beber, amar”, “Sensatez y sentimientos”, “La tormenta de hielo”, “Cabalgando con el diablo”, “El tigre y el dragón” y “Hulk”). En este caso, es la famosa historia de los “cowboys gays” que supuestamente iba a ganar el Oscar pero terminó perdiendo. Dejando el cholulismo de lado, es un buen film, no la obra maestra que muchos decían ni el “qualité hollywoodense” que otros criticaban. Yo estaba tan cansado que cabecée varias veces, pero recuerdo que los dos protagonistas estaban sublimes en sus roles, y el final lograba emocionar. Un melodrama con todas las letras, dicho esto en el buen sentido. 8 Aires.

-“Orgullo y prejuicio”: leí rápido la novela de Jane Austen para poder apreciar mejor su adaptación cinematográfica, porque había oído que era fiel en el buen sentido, es decir, no fiel a cada página sino al espíritu del libro. Y, definitivamente, me encontré con la mejor y más disfrutable película del año. Una comedia deliciosa a la que muchos acusarán de telenovelesca, pero ¿cuál es el problema si está narrada con verdadera pasión por los personajes, por la narración y por el cine mismo? Cada recurso cinematográfico y cada performance estaban perfectamente usados al servicio de una historia de amor que también emanaba un humor recibido como una bocanada de aire fresco por el público. A diferencia de la la miniserie de la BBC basada en la misma novela, aquí la adaptación logra ser CINE. 10 Aires.

-“Impulso adolescente”: una película con varias de las características típicas (que muchos llamarían tics) del “cine independiente yanqui actual”: personajes llamativos, música sensible, una visión que trata de diseccionar al american way of life… Bueno, por suerte todo esto está narrado con un estilo más cercano al de “Historias de familia” (uno de los mejores films del año, y lo digo impunemente sin haberlo visto) que al cinismo inteligentoide de “Belleza americana”. Nada genial, pero es un film para ver al menos una vez. 7 Aires.

-“El descenso”: una muerte explícita al comienzo nos hace temer que el film sea otra muestra de horror “descerebrado para dolescentes” con efectos especiales feos, poco interés por la narración y mucho énfasis en el impacto. Pero no: esta película es realmente brillante, con personajes de verdadera carnadura humana (sobre todo la protagonista principal, que sufre una interesante transformación de víctima a guerrera) y una tensión constante en su segunda mitad, lograda no a base de efectismos baratos sino de pura tensión y talento. Un grupo de mujeres explora cuevas recónditas y, por supuesto, algo sale mal. Explicar la naturaleza del horror que viven los personajes sería eliminar la posibilidad de sorpresa, ya que el terror que se siente viene de muchos costados. La película regala varias escenas para atesorar, algunas de horror puro y otras más ambiguas, como el final, uno de los más tristemente hermosos que haya visto en mucho tiempo. 9 Aires.

-“Destino final 3”: ya saben cómo es esto: un grupo de personas se salva de la muerte, pero, como “debían” morir, cada una irá pereciendo inevitablemente de maneras horrorosas. Es la contracara de “El descenso”, o sea, esta sí es una película de terror descerebrado para adolescentes. Aunque no tanto: hay un cuidado por generar tensión en cada momento que antecede a una muerte, y la verdad es que el montaje de esas escenas es magistral. Esta tercera parte es una buena amalgama entre el interés que provocaba la primera y el sadismo de la segunda. Ah, no la vean si suelen usar camas solares, porque se les irán las ganas… 6 Aires.

-“Derecho de familia”: sí, recuerdo esta película, parecen haber pasado años desde abril… Una vez más, Daniel Hendler es el protagonista de un film de Daniel Burman, y esta vez parece ser el cierre de su trilogía sobre “la familia/sociedad judía”. Suena pretencioso, pero no lo es: nos identificamos fácilmente con todo lo que vemos en pantalla, una historia casi sin conflicto aparente, sobre un hombre que se enamora, se casa, tiene un hijo, trabaja como abogado al igual que su padre… Una historia sencilla, ¿no? El director logra imprimirle veracidad, simpatía y empatía a cada escena, y el todo resultante alcanza los 8 Aires. Y viva la trampa sana.

-“V de venganza”: yo estaba en un mood especial cuando lo vi, así que, sin ser nada novedoso, este film popcorn sobre una revolución futurista liderada por un enigmático personaje logró conmoverme. Quizás lo único novedoso es que hacía tiempo que Hollywood no daba un blockbuster “narrativamente normal” pero bien contado y que pudiese atrapar al espectador, con un tema (dictaduras y revoluciones) que podría haber derivado en simplificaciones obscenas pero que está expuesto con verdadera garra y corazón. Suerte que vi el film antes de leer la historieta en que se basaba, sino quizás no lo hubiese disfrutado tanto. El vengador anónimo principal, que comanda su venganza desde las sombras al estilo de “El Conde de Montecristo” o “El fantasma de la ópera”, es uno de los personajes del año. Y la carta de la chica lesbiana que la protagonista lee en su cautiverio es sencillamente conmovedora. Tampoco voy a decir que el film es una brillantez, pero son 7 Aires, y se disfruta mucho más que lo indica ese nimio puntaje.

-“El plan perfecto”: éste es el film más “industrial” y taquillero en la carrera de Spike Lee, y no está nada mal que así sea, porque cuando se pone rebelde y “fuera del sistema” le salen cosas más regulares y pretenciosas. Este policial llevadero tiene a Denzel Washington intentando resolver una toma de rehenes durante un asalto a un banco, y en el elenco también están Clive Owen, Jodie Foster, Willem Dafoe y Christopher Plummer. Pero, más allá de las correctas actuaciones, lo mejor del film es su pulso y el talento para “filmar la ciudad” que tiene el director. 8 Aires.

-“Despertar del diablo”: no sé por qué sospeché que me gustaría esta remake del segundo film de Wes Craven (quien ya hacía películas de terror desde la década del 70, diez años antes de “Pesadilla” y veinte años antes de “Scream”). Por suerte, no me equivoqué: a diferencia de otras fallidas remakes del género que se pudieron ver en el 2006 (“La profecía”, “Terror en la niebla”), esta nueva versión toma lo mejor del original y no le agrega actualizaciones innecesarias, simplemente trata de recrear el horror en estos tiempos modernos pero con el mismo espíritu salvaje y desolado de la original. O sea: hay un brillante uso de los recursos necesarios para dar terror, y además todo funciona porque los personajes son creíbles. Dirigida por Alexandre Aja, típico caso de un “extranjero” a Hollywood que triunfa en su país de origen con un film supuestamente original y luego es llamado a USA para hacer una película “del montón”. Sin embargo, acá fue al revés: el film francés de este director, “Alta tensión”, es el que no vale la pena, mientras que su film hollywoodense es el que hay que ver. 8 Aires.

-“El nuevo mundo”: imágenes, sonidos y música que generan sensaciones, para eso existe el cine. Terrence Malick había dirigido sólo tres películas en treinta años: “Badlands”, “Days of heaven” y “La delgada línea roja”. Como en aquellas ocasiones, esta vez la espera también valió la pena. No por nada dicen que sus films son poesía en movimiento: la experiencia de verlos en pantalla grande nos hace testigos de algo más poético y emocional que narrativo. La historia de Pocahontas y su relación con los ingleses que llegaron a Norteamérica y comenzaron las colonias es todo lo grandiosa que se podría esperar de alguien como Malick… o sea que mucha gente que esperaba ver una prototípica “sucesión de eventos” de cualquier film de narrativa convencional salió decepcionada, sobre todo cuando a mitad del film se produce un cambio de protagonista masculino. Pero los que le dieron una oportunidad a esta forma distinta de entender el cine pudieron disfrutar de una película como pocas. 10 Aires.

-“Misión: imposible 3”: sin la cinefilia de Brian De Palma ni la desmesura de John Woo, esta tercera parte de la saga de espionaje parecía ser la más impersonal de las tres. En efecto, lo es, pero aún así logra ser lo suficientemente interesante como para no ser un blockbuster más “del montón”. Tom Cruise vuelve a (de)mostrar su gran presencia cinematográfica, y la película tiene varios momentos para el aplauso, incluyendo la última media hora, donde, ahí sí, las cosas se ponen delirantes y se alcanza un grado de “unicidad” que el film no había logrado hasta ese momento. 7 Aires, aunque estoy muy tentado de subirle a 8.

-“Alta tensión”: innecesario film de terror francés que le dio renombre internacional a su director, Alexandre Aja, quien luego fue llamado por Hollywood para hacer la ya comentada “Despertar del diablo”, a la que sí valoro mucho. Pero esta película anterior suya es una más con sadismo gore y vuelta de tuerca al final. Lo del sadismo lo perdono, porque igual la tensión está bien sostenida y el interés se mantiene hasta el final. Pero ese giro inesperado que cambia el significado de todo lo que vimos… no me quejo de que haya muchos films con vueltas de tuerca, pero aquí ese giro vuelve todo arbitrario y menos interesante de lo que era. Y, de hecho, arruina lo bueno que había tenido la película. 4 Aires.

-“X-men: la batalla final”: lamentablemente, Bryan Singer (“Los sospechosos de siempre”) no terminó la trilogía de estos superhéroes y se fue a filmar la nueva de Superman. El que tomó la posta fue Brett Ratner, cuyos antecedentes incluyen la (algo) aceptable “Dragón rojo”, “Rush hour” 1 y 2, “Hombre de familia” y “Al caer la noche”, una de las peores películas que vi en los útlimos años. Bastante poco auspicioso, pero por suerte la tercera parte de la saga de los hombres X no resultó un film malo, aunque está a años luz del estilo y desarrollo de las dos anteriores. Al menos tiene de interesante que varios personajes mueren o pierden sus poderes… ¿o no? La duda final que presenta el film es un acierto. Mientras tanto, la presencia de Ángel (el pibe con alas) es innecesaria (y eso que el prólogo está dedicado a él, como si fuese a tener una importancia relevante en el film, cosa que no sucede) y la casi ausencia de Rebecca Romjin-Stamos como la camaleónica Mystique es imperdonable. 5 Aires.

-“La profecía”: no vi el anterior film de John Moore, “Tras líneas enemigas”, pero oí buenos comentarios. Por eso confiaba en que esta remake del clásico de terror sería buena, pero no. Hace unos años, Gus Van Sant había dirigido una remake toma por toma de “Psicosis”, y había cometido el error de traicionar el proyecto incluyendo planos videocliperos cuasi-oníricos en el medio de escenas fundamentales del film. Bueno, acá sucede algo parecido: esta remake no sigue toma por toma al original, pero sí escena por escena, ya que es una filmación del mismo guión. Los protagonistas (Liev Schreiber y Julia Stiles) están bien elegidos, pero los golpes de efecto que pueblan los films de género en la actualidad bajan bastante la calidad del film. También lo hacen algunas (no todas) de esas escenas oníricas insertadas y la presencia de Mia Farrow. Pero la historia es tan interesante que, para el que no vio el film original, ésta puede ser una experiencia atrapante. Aunque, claro, si alguien no vio ninguna de las dos, ¿para que ver la remake si es exactamente igual al original y el original es mejor? 5 Aires.

-“Cars”: los estudios Pixar vuelven a unirse a los estudios Disney para demostrar una vez más que saben cómo contar historias, no sólo hacer chistes. Y, además, cuando hacen chistes no son puras alusiones a otras películas, como suelen hacer los films de Dreamworks. No, “Cars” es un film en serio, con espíritu, pasión e interés por lo que se cuenta. Una delicia visual, como siempre en Pixar, y un humor que incluye cosas como un personaje pidiendo la canción “Free bird” cuando se hace un silencio en medio de un discurso. Esa pavada de un segundo me mató, y es una muestra de lo juguetones e inteligentes que son los creadores de este film animado. 9 Aires.

-“Monster house: la casa de los sustos”: otra gran película de animación, producida por Steven Spielberg y Robert Zemeckis, quienes acertaron en la elección de un director que logró darle al film un tono “ochentoso infantil de misterio” al estilo de películas como “Los Goonies”. O sea, será de dibujos animados, tendrá a niños como protagonistas, pero a los adultos también les puede resaltar jugosamente disfrutable esta película sobre un niño que sospecha que una casa vecina está embrujada. Visualmente muy buena, y con un espíritu de aventura y diversión que muchos productos más ambiciosos envidiarían. 8 Aires.

-“Poseidón”: después de grandes films de género como “El barco”, “En la línea de fuego”, “Epidemia”, “Avión presidencial” y “Una tormenta perfecta”, el alemán Wolfgang Petersen había bajado la puntería con la pretenciosa “Troya”. Ahora levanta un poco con esta remake del film de género catástrofe “La aventura del Poseidón”. Pero no es que sea una gran película; es aceptable, pero lo bueno es que se asume como un film “grasa” de clase B en vez de como una superproducción (cosa que se ve desde el elenco y la corta duración), y eso se agradece, porque entonces el film parece menos falso y pomposo. Es, básicamente, una bienvenida sucesión de escenas de riesgo con alguna que otra muerte traumática y la bienvenida presencia (aunque no del todo aprovechada) de Kurt Russell y Richard Dreyfuss, juntos por primera vez. 6 Aires.

-“Vecinos invasores”: en el 2006 se estrenaron infinidad de films animados con animalitos salvajes como protagonistas. Éste es el único que vi. Por suerte no es una terrible bazofia, sólo es una pequeña (e indolora, hay que decirlo) muestra de lo innecesarias y marketineras que son estas películas. Me dirán que tiene un mensaje, una crítica a la sociedad de consumo. Les diré que eso no hace al film más llevadero o interesante. 5 Aires, y reafirmo lo dicho antes: los verdaderos creadores en el arte de la animación siguen siendo Disney/Pixar.

-“Superman regresa”: como ya dijimos, Bryan Singer dejó la franquicia de los X-men para dirigir esta nueva peli de Superman, que es una continuación de la “Superman II” de 1980. Es decir, es un film que se posiciona dentro de una saga ya existente, e intenta mantener su mismo estilo, encanto, humor e inocencia. Esto se observa ya desde los títulos del comienzo, que copian la tipografía y la música de los films de antaño, generando desde el vamos una gran emoción en los espectadores para los que esas viejas películas significan algo. Kevin Spacey y Parker Posey como los villanos logran una interacción tan jugosa como la de Gene Hackman y Valerie Perrine hace treinta años, y los dos protagonistas principales (Brandon Routh como Superman y Kate Bosworth como Lois Lane) están a la altura de las circunstancias, aunque sus performances no sean particularmente inolvidables. El film deace un poco en los últimos veinte minutos por un exceso de solemnidad, pero logra ser una gran aventura a la vieja usanza, es decir, más preocupada en el espíritu y el ritmo que en los efectos especiales (que los hay, y muy buenos, aunque las escenas en 3-D no hayan sido especialmente espectacualres). 7 Aires.

-“Piratas del Caribe: el cofre de la muerte”: el gran Gore Verbinski, director de las subvaloradas “La mexicana”, “Un ratoncito duro de cazar”, “La llamada”, “The weather man” y la brillante “La maldición del Perla Negra”, vuelve con una secuela de esta última. Tiene algo del encanto de la original, pero tanto se intentó explotar el éxito de la anterior que esta secuela dura mucho más de lo aconsejable y cansa por momentos. El timing para la acción y para el humor siguen presentes, pero la cantidad de pactos, alianzas y maleficios que despliega la trama hace que a veces se pierda el interés del espectador. Aún así, hay mucho para disfrutar en este film desparejo (como, desde ya, la primera aparición de Johnny Depp como Jack Sparrow), y esperemos que el año que viene el cierre de la trilogía sea tan brillante como la primera parte. 6 Aires.

-“La premonición”: otra película que se sube a la moda del J-horror (films japoneses de terror) inaugurada por “Ringu”, “Dark water” y otras. Pero ésta no es tan buena, básicamente porque los personajes no llegan a interesar (por más que en teoría sea un buen punto de partida tener a un tipo que no pudo evitar la muerte de su hija a pesar de haber tenido una premonición). Además, el mecanismo premonitorio llega a hacerse arbitrario y ridículo (más de lo normal en estos films). 4 Aires.

-“16 calles”: algunos pocos valoramos mucho este policial de bajo perfil que resulta uno de los mejores films de Richard Donner (“Los Goonies”, “Superman”, “Arma mortal” y “La profecía” original). Bruce Willis hace de antihéroe una vez más, esta vez transportando a un testigo en un trayecto en el que otros policías corruptos querrán verlo muerto. Salvo por el edulcorado momento final, Donner dirige esta película con precisión y maestría visual y narrativa. 8 Aires.

-“El centinela”: una de las películas más insípidas del año y de la historia. Como dije alguna vez, este film provoca tanto placer como la descripción de su argumento: “hay una conspiración para matar al presidente y el principal sospechoso escapa para probar su inocencia”. Siendo este sospechoso Michael Douglas, hay menos probabilidades de que sintamos algún tipo de emoción al ver este thriller. Y eso que está Kiefer Sutherland, pero ni él logra elevar el nivel de interés. Ni siquiera es una mala película que genera algún tipo de discusión: uno se olvida de “El centinela” dos segundos después de salir del cine. 3 Aires.

-“La dama en el agua”: sobre ésta sí se puede discutir. Lo normal sería decir que el nuevo film de M. Night Shyamalan (director de las brillantes “Sexto sentido” y “El protegido” y las no tan brillantes pero muy interesantes “Señales” y “La aldea”) es una infantilada sin pies ni cabeza, una creación de un mundo ficticio que no le puede interesar a nadie y que él se toma muy en serio. ¿Pero qué habría de malo en eso? Es cierto, algunas cosas suenan muy ridículas (como que el director se reserve el papel de un escritor cuya obra “cambiará al mundo”), pero el tipo sigue teniendo estilo y talento para crear mundos cotidianos e insertarles elementos fantásticos. Además, el protagonista es Paul Giammati (que está muy bien, como siempre, pero mejor que no aparezca en tantas películas al mismo tiempo porque vamos a empezar a hartarnos de él). Y esta vez, por suerte, no hay ningún innecesario flashback que nos “explique” la película como si fuésemos idiotas. Otra vez con algo de placer culposo, le pongo 5 Aires. No más, pero tampoco menos.

-“Vuelo 93”: Paul Greengrass, el director de “La supremacía de Bourne”, volvió a hacer un film de estilo “realista”, como su anterior “Domingo sangriento”. Esta vez el tema es nada menos que el secuestro de uno de los aviones del 11-9-2001, el que no llegó a destino porque, supuestamente, los pasajeros se rebelaron contra los terroristas y les quitaron el control del avión, derribándolo. No importa si lo que se narra dentro del avión es lo que sucedió o no; nunca lo sabremos, así que el film es una hipótesis. Pero su puesta en escena consigue hacernos sentir que lo vemos es real, y eso es lo que importa; a diferencia de muchas películas, este film genera algo. En la última media hora nos emocionamos físicamente, sintiendo un verdadero revoltijón en el estómago por el nerviosismo y la tensión de ver algo cuya conclusión, en teoría, ya conocemos, pero presenciamos aquí desde otra óptica. El final deja una sensación muy especial, mezcla de vértigo, tristeza y triunfo. 10 Aires.

-“El método”: no la vi en cine, pero la vi, así que es un “estreno comercial del 2006 que vi” y, por lo tanto, entra en esta lista. La nueva película de Marcelo Piñeyro vuelve a ser una crítica contra el sistema (como en “Tango feroz”, “Caballos salvajes”, “Cenizas del paraíso”, “Plata quemada” y “Kamchatka”), aunque esta vez los protagonistas intentar formar parte de ese sistema que el film critica. Un grupo de aspirantes a un puesto de trabajo debe pasar por una serie de pruebas de autoeliminación, a veces humillantes. La historia transcurre durante una tarde en un único ambiente, pero, como en los buenos films de Sidney Lumet, la unidad de espacio no quita interés a lo que sucede, y el film no es visualmente pedestre ni mucho menos. Los actores están muy bien, por ahí andan Eduardo Noriega, Najwa Nimri, Ernesto Alterio y Pablo Echarri, a quien hay que agradecer cada vez que haga alguna actuación distinta a la de “Montecristo”. 7 Aires.

-“Mi súper ex-novia”: regresó Ivan Reitman, y volvió a mezclar comedia con efectos especiales, cosa que viene haciendo desde “Los cazafantasmas” y “Evolución”. La carta para comprarse a gran parte del público son sus protagonistas: Uma Thurman es una superheroína que, bajo su identidad secreta, conquista a Luke Wilson, pero no logra retenerlo mucho tiempo. Muchos elogiaron el uso de los efectos especiales en este film, pero yo creo que no tienen nada de especial (de hecho, a veces se ven groseramente falsos, como cuando Uma le tira a su ex novio un tiburón por la ventana). Lo que sí está muy bien es el desarrollo de los personajes, aunque la resolución de los últimos minutos es, a mi gusto, bastante simplista y ochentosa en el mal sentido de la palabra. 6 Aires.

-“Miami Vice”: como sucede con Steven Spielberg y Terrence Malick, cada nuevo film de Michael Mann es esperado con interés, ya que estos directores siempre se toman en serio lo que tengan entre manos, sea del género que sea, y hacen valer el precio de la entrada. Aquí el tipo vuelve al policial, como en “Fuego contra fuego” y “Colateral”. Y le sale otro film tan “escondidamente brillante” como aquéllos. Olvídense de la serie “División Miami” y podrán disfrutar mejor de esta historia (aunque, como en “El nuevo mundo”, no tiene sentido verla en pantalla chica). La nula presentación de personajes es brillante: desde la primera imagen, desde el primer segundo, la película nos adentra en su mundo y nos lleva por un paseo visual y sonoro, como Mann sabe hacer bien. También son aplaudibles el apagado romanticismo del film y el final, tan de bajo perfil como el comienzo. Si hasta Colin Farrell y Jamie Foxx, que a veces están insoportables, dan sus mejores actuaciones: a diferencia de otras películas (como “Ray” o “Alexander”), aquí ellos no actúan, sino que logran ser sus personajes. 10 Aires.

-“Terror a bordo”: el responsable de las subvaloradas “Destino final 2” y “Celular”se mandó otro entretenimiento supuestamente trash. La historia de esta película es conocida: cuando por Internet se divulgaron su trama, su protagonista (Samuel L. Jackson) y su título (“Snakes on a plane”), empezó a ganar un público de culto (antes de estrenarse) que hasta amenazó con no verla cuando parecía que el título se iba a cambiar por otro. Un film con carácterísticas ochentosas: los personajes y muchas frases son bien clichés, pero eso no significa que el film sea malo (ni que sea bueno por ser “malo a propósito”, como muchos dicen). La historia está narrada con respeto por el arte del entretenimiento y el delirio, y realmente logra hacer pasar un buen rato. 7 Aires.

-“La punta del diablo”: Manuel Callau hace de un enfermo terminal que abandona la ciudad y su familia y se va de viaje sin rumbo fijo. Siguiendo a una chica que le puede interesar por más de un motivo, va a parar a un pueblito costero. Lamentablemente, estoy de acuerdo con lo que la crítica en general opinó de este film: los climas está muy bien logrados, pero las actuaciones parecen declamatorias, incluso la del mismo Callau. Pero había que verla en cine, por la interesante y desoladora fotografía. 6 Aires.

-“El ilusionista”: dentro de la moda de films sobre magos que hubo a fin de año, se dijo que esta película era más romántica mientras que “El gran truco” era más cerebral. Estoy de acuerdo, pero el problema es que en “El ilusionista” nunca llegué a sentir el romance entre Edward Norton y Jessica Biel como algo intenso o verdaderamente importante. Igual Norton está muy bien, y también Paul Giammati como el inspector que se debate entre seguir las instrucciones de los poderosos o hacer su deber y tener la conciencia tranquila (aunque sería bueno que no aparezca en tantas películas al mismo tiempo porque vamos a empezar a hartarnos de él… ya dije esto antes, ¿no?). De todos modos, el problema principal de este film es que toda su segunda mitad se apoya en un supuesto misterio que yo adiviné desde un comienzo, y no por mi sagaz inteligencia sino porque se ve venir a la legua. Si esa segunda mitad hubiese tenido otros intereses más allá de ese misterio, se habría disfrutado más. 5 Aires.

-“Pacto infernal”: el usualmente subvalorado Renny Harlin (“Duro de matar 2”, “La pirata”, “Riesgo total”, “Exorcista: el comienzo”, “Alta velocidad”, “Alerta en lo profundo”) dirige esta vez un film por el que sí merece vituperios. Si bien no es todo lo malo que se podría suponer, este thriller sobrenatural sobre enfrentamientos en un grupo de adolescentes con poderes no llega a interesar nunca, porque parece, justamente, una típica película “para” adolescentes protagonizada por jóvenes carilindos sin verdadero carisma. De todos modos, la solidez narrativa de Harlin sigue presente, pero eso sólo alcanza para 5 Aires.

-“Monobloc”: el último estreno argentino que alcancé a ver en cine en 2006 (la mayoría me las perdí) fue la segunda película de Luis Ortega, diametralmente opuesta a su primera, “Caja negra”. Con una ayudita de sus amigas (Carolina Fal, Graciela Borges, Rita Cortese) y su familia (Evangelina Salazar, la música de Palito Ortega), el tipo se mandó un cuasiexperimento que provoca una distancia inmensa entre el espectador y lo que sucede en la pantalla. Es obvio que la narración y la ambientación de este film son deliberadamente “no tradicionales”, lo malo es que con eso se logró algo interesante (como la brillante primera toma) pero no lo suficiente como para mantener la atención de la audiencia, que no tenía en dónde apoyarse para presenciar el film. 5 Aires, pero igual está muy bien que exista esta película diferente.

-“Los infiltrados”: luego del traspié de “El aviador”, Martin Scorsese vuelve a hacer un film grandioso. Lo es, aunque muchos lo critican por no estar a la altura de lo mejor de su obra. Eso también es cierto, pero no quita que éste sea un gran policial. Jack Nicholson hace de taquito un diabólico y pervertido personaje, pero las verdaderas glorias actorales del film son Leonardo Di Caprio (demostrando una vez más que es un buen actor), Matt Damon (demostrando adónde puede llegar cuando está bien dirigido) y Mark Whalberg (haciendo algo que yo no creía posible: no sólo actúa bien sino que está magistral). Esta historia de un policía infiltrado en la mafia y un mafioso infiltrado en la policía es una remake de la oriental “Infernal affairs”, que no vi. Muchos dicen que la original es más poderosa, y que gran parte de los méritos visuales y del guión de “Los infiltrados” son calcos de la otra. Es algo a tener en cuenta, pero sólo lo sabré cuando la vea. Mientras tanto, al regreso con gloria de Scorsese le doy 8 Aires.

-“El gran truco”: dos magos de comienzos del siglo XX mantienen una eterna rivalidad a lo largo de los años, perjudicándose mutuamente en la medida de lo posible. El argumento de por sí es interesante, pero, para hacerla más jugosa, la película está narrada de manera no lineal, con avances y retrocesos en el tiempo y varios misterios que se irán develando. Tiene algunos agujeros en el guión que le bajan su apreciación, pero igual ése no es su mayor problema. Mientras se ve este film se lo disfruta; lástima que resulta ser sólo un gran caramelo, algo para pasar el rato pero que nunca llegará a ser una obra perdurable, como sí lo pueden pretender otros films sobre obsesiones de este mismo director: “Memento” y “Batman inicia”. No eran películas perfectas ni mucho menos, pero tenían la intención de ser algo más que “films ingeniosos para pasar el rato”. Lo cual, de todos modos, no quita el entretenimiento que proporciona “El gran truco”: 6 Aires.

-“Casino Royale”: volvió Bond, James Bond. Ya no está más mi preferido, Pierce Brosnan, así que llamaron al director del primer film con Brosnan de la saga (“Goldeneye”) para ver si podía filmar el primer film de un nuevo Bond. Lo hizo, pero la intención era diferente desde el vamos: esta película cuenta los inicios del personaje, y despliega un ascetismo y realismo que la aleja de toda la saga, como si le quisiesen dar una nueva personalidad a Bond y un espíritu distinto a los films por venir, manteniendo sólo algunas características de los anteriores. Hay que decir que el intento dio resultado: este film es bueno no porque sea un buen film de James Bond sino porque es un gran film a secas. Daniel Craig está a la altura de las circunstancias, entregando fuerza y precisión en cada escena (no podría imitar el estilo de Sean Connery o Pierce Brosnan, pero no es eso lo que le piden, por suerte). Con dos fabulosas escenas de acción durante la primera mitad, la película va volviéndose un poco anticlimática en su segunda mitad, pero aplaudo esa decisión de no ir a lo seguro. Gran entretenimiento: 8 Aires.

-“Niños del hombre”: el mexicano Alfonso Gómez Cuarón, que hace grandes films en los más variados géneros (“La princesita”, “Grandes esperanzas”, “Y tu mamá también”, “Harry Potter y el prisionero de Azkabán”), vuelve a entregar otra obra de rigurosa puesta en escena e interés garantizado. En esta historia futurista en la que el futuro se parece mucho al presente, Clive Owen es un antihéroe al que las circunstancias sumergen en un viaje lleno de dramatismo, aventura y violencia. Lo único que le puedo criticar al film es que no me haya involucrado tanto emocionalmente como yo esperaba, pero eso depende de cada espectador, y además, a pesar de no ser sensiblera, sí logra movilizar, pero no con armas obvias sino con su uso de la fotografía y el montaje y una ambientación muy realista (por más que sea un film de ciencia ficción). Tres de las mejores tomas del año (y de la década, y de la historia) están en este film, y en verdad son sólo un ejemplo del hecho de que cada decisión artística que se tomó en esta adaptación es la correcta. Ah, y en esta película también se puede ver la fuga en auto más delirante del año. Y me olvidaba: viva Michael Caine. 8 Aires.

-“El custodio”: a pesar de que se estrenó a mediados de año, no la vi en cine, sino en pantalla chica, a fin de año. Esta película argentina ganadora de muchos premios internacionales pero que no fue demasiado favorecida por el público muestra, una vez más, que Julio Chávez tiene toda la pasta de los grandes actores. La minimalista historia del custodio de un ministro está contada, justamente, de manera muy minimalista: pocas veces a lo largo del film podemos saber con certeza qué está pensando o sintiendo el protagonista. Pero por eso mismo resulta interesante: la pericia en la realización del film y el misterio que rodea al personaje principal hacen que nos mantengamos intrigados por saber qué pasará a continuación, si tenemos paciencia, por supuesto, ya que no es una película que avance precisamente a toda velocidad… 8 Aires.

Wednesday, December 13, 2006

Crónicas desde el Correo Central: Pablo Dacal en vivo

“Estudio Abierto” fue la muestra interdisciplinaria (o multiartística, o como lo quieran llamar) que tuvo lugar en el Correo Central entre las últimas semanas de noviembre y los primeros días de diciembre. La mayoría de las instalaciones no me interesaron mucho: quizás estoy demasiado viejo para el arte moderno. Me gusta que exista pero en general no llego a disfrutarlo. Lo que sí me interesó de esta muestra fueron sus recitales gratis, que tuvieron lugar en el estacionamiento del Correo. Me perdí la mayoría, pero pude ir la tarde/noche en que tocó Pablo Dacal, que es de quien se ocupa esta reseña.
Lamentablemente no tocó acompañado por la Orquesta de Salón, sólo estaba uno de sus integrantes, un violonchelista con quien comenzó el recital interpretando “Todo o nada”, canción romántica en el buen sentido de esa bastardeada palabra. Lo que siguió fue un sorpresivo cover de “La bestia pop” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (tema cuya melodía, sospechosamente parecida a la de “Lawrence de Arabia”, se adapta perfectamente al sonido de un violonchello, como ya quedó demostrado con la versión de los uruguayos El Club de Tobi). Siguiendo con los covers, Pablo Dacal se mandó con una tal “Mandolín”, gran canción del fallecido uruguayo Gustavo Pena alias “El Príncipe”, a quien yo no conocía pero desde ese momento intenté encontrar en los rincones de la web.
Luego, Dacal dijo algo así como “Ahora interpretaremosCariló, una canción que hacemos todos los veranos desde hace 18 años... y espero que sigamos haciendo.” Qué precisión, ¿no? Acordarse del año exacto de la década del 80 en que uno escribió una canción. Claro, al escuchar el tema entendí, ya que era una versión en castellano de “Kokomo” de los Beach Boys, canción que se estrenó en el film “Cocktail”, justamente en 1988, hace 18 años. Y la traducción era genial, ya que no respetaba la letra del original pero sí su espíritu, y al mismo tiempo se adaptaba al espíritu “Pablo Dacal”.
Despúes vino el último cover de la noche: otra versión en castellano, nada menos que de “River” de Joni Mitchell, cosa que me llegó al alma, porque ¿cuántos de los presentes conocían esa canción? Pocos, creo; lamentablemente, Joni Mitchell no es tan conocida entre los argentinos, al menos en la actualidad. Al terminar ese tema, el violonchelista se despidió y dejó a Dacal solo en el escenario con su guitarra para hacer su grandiosa, clásica y moderna “Chico americano”. Luego, dijo “La que se viene ahora es larga”. Efectivamente, se mandó con una maratónica (pero graciosa y nunca aburrida) “Balada del alto”, un tema inédito (hasta donde tengo noticias) que esperemos que incluya en su próximo álbum. Finalmente, pidió a los sonidistas que le subieran el volumen, ya que ahora tocaría una última canción “en un tono considerablemente más bajo”. Pero en seguida se arrepintió, dijo “No. Voy a hacer algo que no me dejaron” y se bajó del escenario con su guitarra para acercarse al público y hacer la hermosa “La era del sonido” a capella... lo cual significaba que el público alejado no escuchaba nada. Yo no me puedo quejar, porque estaba adelante de todo y escuchaba perfecto.
A continuación, Dacal se sentó entre el público para ver un videoclip que proyectarían en la pantalla grande, el de su canción “Amor es un monstruo”. Gran video, filmado en un departamento en una sola toma, con cuchileros y bailarinas de ballet incluidas. Y gran canción, que se conecta con el primer tema del recital por lo que dije antes: son canciones de amor en el buen sentido de la expresión, canciones que no son nada tontas ni “radiales” y que, además de poder clasificarse como románticas, muestran una concepción del mundo y de la música que comparto a pleno. Fin del recital, y seguía Lisandro Aristimuño, pero yo me fui porque estaba muy cansado y ya había visto lo que pretendía: Pablo Dacal, música de todos los lugares, idiomas y epócas al mismo tiempo, humor y amor pasional. Ya saben: llega la era del sonido, y la recomiendo... Salut!

Tuesday, November 07, 2006

Crónicas del Festival BUE: Patti Smith en Argentina

Después de 30 años de espera, el viernes 3 de noviembre en el Club Ciudad de Buenos Aires se produjo el encuentro entre el público argentino y una de las artistas vivas más míticas de la historia del rock. Pero vayamos por partes, o, mejor dicho, por orden.
Por suerte, a la salida del trabajo alcancé rápido un colectivo que me dejó en las inmediaciones del lugar, y llegué a tiempo para ver a las 18:15 el primer número de la tarde, una banda platense que poco a poco va teniendo más proyección y seguidores: Él Mató A Un Policía Motorizado. Nunca los había escuchado, y la sorpresa fue agradable, ya que su rock bien potente pero con sentimiento lograba atrapar al público a pesar de que casi no se le entendía la dicción al cantante (quien, por suerte, no mantiene ninguna pose pretendidamente carismática y falsa). El primer tema (“Chica rutera”, si no me equivoco) fue un fabuloso despliegue de fuerza guitarrera y sensibilidad rockera. El resto de su show siguió en esa línea, aunque nada podía superar ese comienzo. Este recital tuvo lugar en una carpa, el escenario “tent”, así que apenas terminó salí al escenario principal, el que estaba al aire libre, para ver a las 18:50 a los marplatenses Dios Los Cría. Su rock resultaba más tradicional y más para estadios, para “gran público”, pero me atrajo menos. Así que volví a la carpa para ver a las 19:15 a Interama, que, en mi escala de apreciaciones, fue mejor que el segundo grupo pero no tan bueno como el primero. Hay que decir que la disposición de los escenarios era pésima: si alguien estaba tocando en el escenario principal al aire libre, esa música también se escuchaba adentro de la carpa, así que el grupo del escenario “tent” prácticamente tenía que esperar a que dejen de tocar los del escenario grande para ser oídos. Nada más puedo decir de estas primeras bandas: no las conocía de antemano y no retuve el nombre de ninguna canción. Además, con lo que vino después, el recuerdo de estas primeras horas se volvería difuso.
Dejé definitivamente la carpa para posicionarme bien adelante en el campo frente al escenario principal, ya que había oído que el grupo yanqui Elefant (que tocaría ahí a las 20) era una banda interesante, y además quería estar lo más cerca posible del escenario para el show siguiente. El cantante de Elefant se valió del dato anecdótico de ser hijo de cordobeses para desplegar una insoportable demagogia, pateando pelotas al público (uy, patea pelotas, sabe que nos encanta el fútbol!!!), tirando remeras autografiadas a la gente (una voló cerca mío y casi la agarro, aunque dudo del valor que habría tenido esa prenda para mí) y haciendo subir al escenario a cinco chicas del público para que coreen el estribillo de un tema. Cerca mío estaba Coca (la cantante de la banda argentina The Calefons, aunque yo no lo sabía en ese momento). Le dije que lo que harían estas muchachas no se compararía con “Me gusta el tenis” (la ridícula/genial canción que ella había subido a cantar al escenario en el recital de Devendra Banhart dos días antes) y ella agradeció la alusión riendo. Volviendo a la apreciación musical de Elefant: la voz del cantante se escuchaba poco, él no ponía fuerza, cada tanto se quedaba mirando fijo al público para generar histeria femenina pero sin ningún verdadero asidero artístico que la justificase y, para colmo, en un momento de una canción hizo callar al público con un “Shhh” que volvió locas a las mujeres y que generó una expectativa que no se vio satisfecha musicalmente, ya que luego la canción siguió como si nada, sin ningún tipo de explosión particular. Conclusión: 1- la banda no tiene nada de especial; 2- el cantante ni siquiera tiene la presencia de alguien como Robbie Williams, que tampoco me cae muy bien musicalmente pero al menos despliega algo de fuerza y carisma en un recital. Este Diego García tiene miles de fans sólo porque es mínimamente pintón y está arriba de un escenario. Ése es mi juicio actual; si en algún momento escucho algo bueno o movilizante de esta banda cambiaré de opinión.
A continuación, una media hora de espera para ver a Patti Smith, la Poetisa del Rock, la Diosa de las Diosas, la Chamana Hambrienta, la Reina del Escenario, la Sabiduría Hecha Música, una sesentona que es al mismo tiempo una punk que parece hippie y una hippie que parece punk. No sé si queda claro que cuando la vi aparecer en el escenario a las 21:45 tuve una epifanía artístico-mítico-musical sólo comparable a la que sentí cuando vi a U2 en 1998 y a Neil Young en 2001, otros dos artistas a los que también esperaba con ansias y nunca habría imaginado que vería a pocos metros, sin mediación de pantallas de ningún tipo. Bueno, volviendo a Patti Smith, esta joven de 59 años se presentó con un poncho y un sombrero cuasi-IndianaJonesco, agarró una guitarra acústica y empezó los acordes de algo que sonaba como “Beneath the southern cross”, un apacible y hermoso tema de su álbum “Gone again”, con el que volvió a la música en 1996 después de varios años de ausencia. Pero ¿era posible que fuese esa canción, justo uno de los primeros temas suyos que conocí, un no-hit que parecía un regalo para mí? “Oh… to be” cantó ella, y se confirmó que era esa canción nomás. El precio de la entrada ya se había recuperado con creces, pero, por supuesto, todavía faltaba que Patti desplegase toda la fuerza escénica que la hizo famosa. En efecto, al terminar la canción se sacó el sombrero y el poncho y quedó vestida con una camisa blanca con flecos y un saco negro, es decir, la misma indumentaria con la que apareció en la portada de su revolucionario disco debut, “Horses”, hace aproximadamente 30 años. Y la canción que sonó era de ese álbum, el cuasi-reggae “Redondo Beach”, el primero de los hiperclásicos de la noche. La banda era austera (un guitarrista, un bajista y un baterista, y cada tanto algún toque de piano) pero sonaba fabulosamente bien. Y el público deliraba, pero la verdadera potencia se encendió con “Free money” y su irresistible crescendo. Ése fue EL pogo del año, un pogo verdaderamente pleno y feliz. Y, como si no fuera suficiente, lo siguiente que se oyó fue un riff de guitarra que la hinchada argentina conoce bien: el de “Gimme shelter” de los Rolling Stones. “War, children, it’s just a shot away” cantaba Patti, como si los Stones hubiesen escrito la canción para ella.
A continuación, el piano dio comienzo a “Pissing in a river”, y, otra vez, yo no podía creer que ella estuviese tocando todos temas que conozco, cuando podía haber hecho un concierto entero con cosas desconocidas por mí. En el medio del tema, Patti abrió los brazos y el clima pareció obedecer a sus intenciones, porque instantáneamente una ráfaga de viento desplegó su cabellera y tensó sus ropas, formando una silueta mítica que, si la planeaba, no le salía. Luego vendría uno de los pocos hits de su repertorio: “Because the night”, coescrita con Bruce Springsteen, uno de los temas más coreados de esa tarde-noche y un ejemplo de cómo una canción puede ser bien romántica y poderosamente rockera al mismo tiempo. El recital siguió con “Rock and roll nigger”, otro clásico de su repertorio. La Poetisa del Punk no sólo cantaba y tocaba la guitarra, también daba vueltas bailando con una felicidad evidente al ver que el público disfrutaba.
Después vino “Peaceable kingdom”, tema lento dedicado a su fallecido esposo, el también músico Fred “Sonic” Smith. Fue la única canción que tocó de su último álbum, y por mí podría no haberla tocado, así en su lugar podríamos haber escuchado un verdadero clásico moderno como “Summer cannibals”. Pero no me puedo quejar, sobre todo cuando, al terminar el tema, quedó enfrente del sector donde estaba yo. Lentamente, se llevó la mano al corazón un tanto conmovida por los gritos de admiración del público (algún desaforado gritó “We love you!”, pero no me miren a mí). A continuación se agachó y empezó a gatear sobre el escenario, para luego levantarse y mandarse con “People have the power”, durante la cual vino la obvia diatriba anti-Bush y el “mensaje para el público”: “Ustedes no deben trabajar para el gobierno y la Iglesia. ¡Ellos deben trabajar para ustedes!”. Suena muy hippie, pero si estaban ahí no les parecía tonto, sobre todo por la fuerza de la música. Al terminar la canción, Patti rompió una a una las cuerdas de su guitarra, lo cual fue catártico y mítico pero también despertó la tristeza de saber que el concierto estaba llegando a su fin. Efectivamente, lo siguiente que se escuchó fueron las primeras palabras del primer tema de su primer álbum: “Jesus died for somebody’s sins but not mine”, o sea, la particular reescritura que ella hizo del “Gloria” de Van Morrison & Them!. Por si hay gente que no conoce a Patti Smith ni a Van Morrison, aclaro que este “Gloria” no es el tema disco popularizado por Gloria Gaynor, sino un rock más oscuro y potente que solían hacer también los Doors. Y con ésa, su canción más mítica, cerró el show, un recital que todos los presentes recordarían siempre.
Este concierto había durado sólo una hora, así que todos gritábamos para que volviese Patti al escenario, pero nuestra ilusión desapareció cuando los plomos empezaron a desmontar los instrumentos. Hubo abucheos generalizados a estos tipos que, pobres, sólo cumplen su trabajo, pero los abucheos se convirtieron en aplausos cuando trajeron la bandeja de DJ que usarían los Beastie Boys, que era el número siguiente. Tan rápido se olvidan de la señora Smith... Faltaba una hora para ese siguiente recital, pero el tiempo pasó increíblemente rápido. A las 23:45 hizo su aparición un corpulento y elegantemente trajeado DJ que forma parte actual de la banda, y durante unos minutos refutó la hipotética idea de que un DJ no es un artista. Era interesante verlo poner, sacar y mover discos para generar esos sonidos típicamente hip hop. Y en seguida salieron al escenario los Beastie Boys (es decir, un clon de Ben Stiller, un clon de Juan Di Natale y un tercer integrante al que no le pude encontrar un parecido con nadie para completar este paralelismo). Hablaron, rapearon, hip-hopearon y el público saltó como nunca. Yo suponía que eso iba a pasar y, antes de que me hiciesen pelota en un recital por el que no me interesaba morir, me fui alejando del escenario hasta llegar a un lugar más calmo entre el público. Y no puedo describir canciones, porque no las conozco ni las sabría diferenciar. El género no me gusta tanto, pero admito que son buenos en lo que hacen y generan diversión, no sólo con sus intrincadas letras, sino con los diálogos entre canción y canción (diálogos entre ellos y con el público). Lo más interesante vino al final, cuando los tres miembros principales se calzaron instrumentos (guitarra, bajo y batería) para mandarse un par de clásicos de su repertorio como si fuesen una verdadera banda de rock y no sólo tipos que rapean sobre bases que pasa el DJ, como había sido el recital hasta ese momento (aunque, repito, esa parte también había estado buena más allá de mis preferencias).
Y así terminó su show, una hora y cuarto de potencia, pero potencia entendida en un sentido distinto que el del recital de Patti Smith. Qué quieren que les diga: me sigo quedando con ella. Tuvimos entre nosotros a una leyenda del rock que demostró ser tan vigente e intensa como en sus comienzos, pero con una sabiduría que uno podía ver en cada una de las arrugas de su cara. My sins, my own, they belong to me…

Crónicas del Personal Fest: Devendra Banhart en Argentina

Miércoles 1° de noviembre: el niño mimado del folk-rock independiente, Devendra Banhart, tocaba por primera vez en Argentina, pero en un ambiente algo extraño para él: la disco Crobar, un lugar más “cool” que hippie, y a 100 pesos la entrada. Pero bueno, el que lo conoce sabe que no puede dejar pasar la oportunidad y debe resignarse, desembolsar esa cantidad y dirigirse a ese ambiente poco idílico, como hice yo. A las 19:40, mientras hacía la cola para entrar, Devendra salió de la disco y se metió en una camioneta. “¿Adónde vas, Devendra?” le preguntaron unos fans. “Me voy a bailar” respondió chistoso y se fue. Evidentemente, el show no empezaría a las 20 hs, como estaba previsto.
Adentro me encontré con un amigo (llamémosle “Mr. Cínico” para resguardar su privacidad) tan melómano como yo, pero la diferencia de clases nos separaba: él estaba en el sector VIP, con silloncitos, sándwiches, bocadillos y bebida gratis, pues había sido invitado por una amiga que tenía algún parentesco con alguien de la empresa organizadora, mientras que yo estaba “abajo”, en la parte de los que habían pagado. Pero fue mejor, porque me encontré con una conocida muy buena onda (llamémosla “Melanie”), quien a su vez se encontró con un conocido suyo que también era muy buena onda (llamémosle “Fan N° 1 de Devendra”), y entre los tres hicimos el aguante hasta que empezara el show. Aprovechamos para acercarnos lo más posible al escenario, mientras entre el público se corría la voz de que después del recital Devendra se iría a tocar a Niceto. Finalmente, a las 22:10 subió el Artista con sus músicos y empezaron a tocar una zamba que, según dijo, acababan de componer. A continuación vino el obligado saludo, que incluyó unas graciosas disculpas (todo en español, porque el tipo vivió en Venezuela): “Nos encanta estar acá, en Argentina, pero la verdad que el lugar... no tenía idea de dónde iba a tocar...”. El público le confirmó sus impresiones gritando “¡El lugar apesta!”, así que Devendra siguió en su plan captatio benevolentia: “Si la pifiamos, dennos otra oportunidad para cuando volvamos y ahí sí, tocaremos aunque sea en un árbol”. Aplausos, por supuesto. Al principio, el sonido se escuchaba un poco bajo (no para mí, que estaba prácticamente adelante de todo), pero alguién del público rugió “¡Volumen!” y el propio Devendra se agachó a subir las perillas de sus equipos.
A continuación, el tipo desplegó sus bellas melodías con letras minimalistas, como la de la sugestiva “Heard somebody say” (“It’s simple... we don’t want to kill”) y mi favorita, “Hey mama wolf”, que culminó, como corresponde, con el tipo aullando. “That’s a wolf!” aclaró, por si hacía falta. También interpretó varios temas de Vetiver (la banda paralela que mantiene con alguno de los músicos con los que vino), como “You may be blue”, “Los pájaros del río” y “Find shelter”, algunos de los cuales los cantaron otros miembros de la banda. Y tampoco faltó, por suerte, el gran “This beard is for Siobhan”, con su estribillo que repite “A real good time, good time, good time...” y que logra, justamente, hacer pasar un GRAN momento al público. Como en todo el recital, bah.
Estando la disco debajo de las vías del tren, cada tanto se escuchaban pasar los vagones, pero para mí ese ruido no desentonaba para nada con el feeling del momento. Entretanto, la comunicación con el público seguía: “¿Cómo dicen en español “pain in the ass”? Algo con los huevos, ¿no?”. El público le respondió “¡Dolor de huevos!”, pero él no entendía: “¿Montón de huevos? ¿Olor de huevos? No, gracias…”. La interacción era siempre en castellano (idioma que maneja por haber vivido en Venezuela), salvo cuando viró al inglés para no quedar tan guarango al decir que el símbolo del Personal Fest “looks just like a dick”.
Volviendo a la crónica musical, otros temas interpretados durante la noche fueron “Little yellow spider”, “Long-haired child”, “Bluebird” y la gran “I feel just like a child”. La banda parecía desempeñarse con toda la onda y pericia de los Grateful Dead, The Band o cualquier grupo de ese estilo de fines de los 60s y comienzos de los 70s. Lo más curioso vino cuando el tipo preguntó si alguien del público escribía sus propias canciones para ofrecerle subir al escenario a cantarla (parece que suele hacer este extraño ofrecimiento en todos sus recitales). La privilegiada fue una tal Coca, que después me enteré que forma parte de la banda argentina “The Calefons” (Las Cálefon, para los amigos), y el tema de esa banda que cantó, acompañada por Devendra en guitarra, fue “Tenista” (que todos los presentes que no conocíamos a las Calefons recordaremos simplemente como “Me gusta el tenis”, ya que eso es lo que decía el 80% de la letra). Digamos que esta muchacha me hizo sentir un 10% de vergüenza ajena y un 90% de admiración, y esas sensaciones encontradas también las generó en el resto del público. Devendra dijo que era la mejor canción que había oído de alguien del público en esta gira.
En el medio del recital se abrió una parte del techo del local, lo cual generaba una rara sensación de tener el cielo sobre nuestras cabezas a pesar de estar en un lugar cerrado. Mientras, Devendra seguía bromeando: “¿Sabían que aquí hizo su debut como cantante Atahualpa Yupanqui? Y el lugar no ha cambiado nada desde entonces…” Sí, el tipo es fan de Yupanqui y de otros del folklore argentino, de hecho también dijo “Gracias por haber venido aquí cuando podrían estar en el Colón escuchando a Mercedes Sosa… Si nosotros no estuviéramos tocando ahora, estaríamos allí también.”
Finalmente, a la hora y 10 minutos de haber comenzado el recital, el visitante ilustre dijo que iba a tocar un par de temas más y luego iba a tomar unas cervezas con el público argentino, así que cerraron con un cover de Caetano Veloso (que, si no me equivoco, es “Lost in the paradise”) y otro tema que no me acuerdo, y fin del show. El “Fan N° 1 de Devendra” se acercó a Juana Molina, que andaba por ahí, para ver si ella (amiga de Devendra) lo hacía entrar al camarín para poder darle una mochila con discos de vinilo de Atahualpa Yupanqui, Almendra y Pescado Rabioso que le quería obsequiar (ya que había leído que el tipo quería conseguir música de Yupanqui y rock nacional en su paso por Argentina). Mientras, intercambié números de teléfono con Melanie para avisarnos mutuamente de cualquier novedad del próximo show de Niceto y me reencontré con Mr. Cínico, quien me confirmó que el show sería gratis y sólo para las primeras 250 personas que llegasen. Así que él, su amiga y yo volamos al lugar, mientras yo le comunicaba la noticia por mensajito a Melanie y “Fan N° 1 de Devendra”.
Llegamos entre los primeros a Niceto, y después llegaron ellos dos. El lugar habilitado era un galponcito realmente chiquito, que no tenía escenario: los músicos tocarían a la misma altura que el público, con una soga por separación, o sea que si de atrás empujaban mucho nos caeríamos encima de Devendra. La espera fue “amenizada” por Los Palos Borrachos (banda paralela del cantante de Los Álamos), cuyo repertorio no me interesó tanto, excepto una última canción que interpretaron como si fuese un clásico irlandés de esos que se cantan con voz de borracho. Mientras tocaba la banda, Devendra se asomó y se infiltró entre el público como uno más.
Finalmente, luego de que el público se decidiese a sentarse en el piso para que los de atrás pudiesen ver, Devendra y los suyos tomaron los instrumentos que les dejó la banda argentina y tocaron lo que se les ocurrió, más bien una zapada de 25 minutos con sonido deficiente que un verdadero recital. Pero valió la pena por ese sentimiento de inmediatez y, justamente, de improvisación, cuando todos los shows hoy en día están bastante calculados. Amagó el comienzo de “Santa María Da Feira” pero no la cantó, pero por suerte sí interpretó algunas canciones que habían faltado en Crobar, como “The body breaks” y la hermosa y ya mítica “At the hop”. Cerraron con “Oh papa” mezclada con un cover de Lauren Hyll y uno de Charles Manson (y otra aclaración innecesaria: “No estamos de acuerdo con él, sino que nos gusta su música”). Y se despidieron instando al público a que se quedase a escuchar a los argentinos Banda Jamón Crudo, pero por supuesto que a esa hora muchos no aguantábamos más el entumecimiento muscular de haber estado hora y media sentados en el piso con las piernas flexionadas en posiciones imposibles, así que mis conocidos y yo nos levantamos y nos fuimos, como muchos otros (salvo “Fan N° 1 de Devendra”, quien, por supuesto, intentaría otro contacto con Devendra).
“¿El show del año?” le pregunté a Mr. Cínico. “Sí, no creo que venga nadie más de importancia en las semanas que quedan” me respondió. Sin embargo, faltaban dos días para el verdadero show del año… lo cual no quita, por supuesto, todo el placer vivido en los recitales dados por este tipo con voz de marciano bonachón, mezcla de Jim Morrison, Iggy Pop, Robbie Robertson y Caetano Veloso.

Monday, November 06, 2006

¡¡¡Andá a escuchar "Horses"!!!

Comentario oído entre el público del Club Ciudad de Buenos Aires el viernes 3 de noviembre, luego de que Patti Smith hubiese terminado su recital y mientras la gente esperaba la llegada de los Beastie Boys:

-Sí, loco, te llamo ahora que no hay nadie tocando, así después apago el celu... Sí, estoy esperando que vengan los Beastie Boys... Acaba de tocar una minita que no sé qué onda.

¿¿¿UNA MINITA QUE NO SÉ QUÉ ONDA???

Friday, October 13, 2006

Los Mojitos, Los Cocineros y Los Amados: crónicas tardías de un show primaveral (y lo de tardías fue porque no me anduvo la compu por varios días)

Sábado 23 de septiembre. La primavera había comenzado dos días antes, y la celebración del Centro Cultural Recoleta involucraba un DJ que pasaba música ad hoc y tres minirrecitales de bandas caracterizadas por un estilo de música “a la antigua”: boleros y otros ritmos afines a décadas pasadas. Lamentablemente llegué a tiempo para ver sólo dos canciones del primer grupo, Los Mojitos, unos muchachotes vestidos de traje que hicieron “Voy a perder la cabeza por tu amor” (que, si no me equivoco, es del Puma Rodríguez, pero se repopularizó por la versión que hizo Calamaro en su álbum de covers “El cantante”). El show de esta banda terminó con un tema que no conozco, por lo que no sé si es original de ellos o es un cover. Ahí nomás se acercó un ballet que esgrimió sus dotes al ritmo de “Rock around the clock” y otros clásicos bailables, instando al público a que se acerque y se mueva con ellos. Pero lo que la mayoría estábamos esperando era ver a la banda siguiente: Los Cocineros, esos cordobeses que le ponen encanto a todo lo que tocan, ya sea bolero, tango, cumbia, rock, disco, ranchera o cuartetazo. En la espera me crucé con el bajista y le pregunté si era su último show en Buenos Aires antes de volverse para Córdoba. Lamentablemente, me confirmó que sí.
Cuando Los Cocineros finalmente salieron al escenario, el público se agolpó frente a ellos y se dispuso a presenciar unos 45-50 minutos de pura magia (aunque lamentablemente el espacio abierto no favorece una digna apreciación de la manera en que combinan su perfecta instrumentación con la impresionante performance vocal de su cantante). Empezaron con “Tengo una muñeca”, digno comienzo para un show primaveral, y siguieron con “Qué hago en Manila” de Virus, un tema que todo el mundo conocía y que era infaltable para ese sábado complaciente. A continuación llegó la italiana “Io cerco la Titina”, donde, una vez más, la cantante Mara Santucho mostró el impresionante alcance de su voz. Habiéndolos visto previamente cuatro veces, puedo decir que la novedad que noté en este recital es la manera en que ella utiliza cada vez más la gestualidad al interpretar el repertorio. Después se despacharon con “Eres”, una agradable cumbiecita de Rey Pelusa (alguien conocido en Córdoba, parece). Luego vino “Caminemos”, un hiperclásico que en sus discos versionaban como tango pero ahora suelen interpretar como algo bien bailable. Continuaron con el primer tema original de ellos que tocaron esa tarde-noche: “No te creo”, en cuyo final siguen adjuntando el poderoso riff de guitarra de “Seven nation army” de los White Stripes. Para culminar el recital guardaron su original “Ranchera del té” y le pidieron al público que hiciese un trencito. Entre gritos a lo mexicano y el trencito que se perdía entre el público, lo mejor de la canción sigue siendo el momento en que sus dos cantantes femeninas entonan el “papapapara” de “El barbero de Sevilla”. Ese tema fue el cierre oficial del show de Los Cocineros, pero el público pidió más y volvieron al escenario para hacer un mix de dos covers que forman parte habitual de su repertorio: el tango “Fumando espero” interpretado en tiempo de cumbia y la canción de Los Palmeras “Amor de músico”. Y con eso se retiraron del escenario, así que yo fui a donde vendían sus discos y pude intercambiar unas fugaces palabras con la encantadora guitarrista, trompetista y segunda cantante Sol Pereira. Fueron sólo dos preguntas obvias: a cuánto vendían los discos y cuándo volvían a Buenos Aires. No me animé a ofrecerme como groupie.
Para el final vino una banda muy esperada por mí, ya que me encantan y nunca los había visto en vivo: Los Amados. Y a pesar de que sólo duró una hora, su recital tuvo todo lo que tenía que tener para fascinar al público, empezando por “Soy tu esclavo”, la canción con la que abrieron y que funcionó como perfecta introducción a su jugoso criterio musical y su humor: caracterizados como una banda de entre comienzos y mediados de siglo XX que pasa por Buenos Aires en medio de una exitosa gira, este grupo vendría a ser algo así como “los Glorias Porteñas del bolero”. El cantante Chino Amado funcionó como gran showman y maestro de ceremonias, presentando a los miembros de la banda (momento extremadamente cómico, sobre todo en el turno de la diminuta pianista), entablando conversación con el público y diciendo todo el tiempo humoradas cursis (“Esta es una noche para enamorarse”) para introducir canciones como “El reloj”. Luego se retiró por unos minutos para que otros dos miembros de la banda interpretasen “Dos gardenias” y, cuando volvió, lo hizo acompañado de Dina Dulri, esa suerte de colombiana loca que llegó para cantar “Cheek to cheek” y hasta entonó algunos versos de la canción en francés y en suizo. Después llegó el turno para que se luciera el contrabajista (y verdadero motor musical de la banda), quien empezó entonando el lentazo de Elvis Presley “Love me tender” pero, obedeciendo a un cambio de ritmo originado por la pianista, viró “sorpresivamente” a la rockera “All shook up”, donde se batió en un duelo musical con el trompetista de la banda, llegando ambos a tocar sus instrumentos casi a ras del suelo. Finalmente regresaron el Chino Amado y Dina para la despedida con “Besitos de coco”. Claro que, como el público pedía más, volvieron para hacer “Ritmo de maraca y de bongó”, canción que yo conocía por haberla escuchado en las trasnoches radiales de “La venganza será terrible”, el programa de Alejandro Dolina. Y ahí terminó esa minicelebración de la primavera donde tocaron gratis dos de mis bandas predilectas. Hasta el próximo post, babies. Chiqui chiqui chiqui chiqui chiqui bom bo...

Tuesday, October 03, 2006

Volvió

...Y es cientos. Aunque preferiría ser millones.

Saturday, September 09, 2006

Un revoltijón en el estómago

Eso es lo que provoca la película "Vuelo 93", que ficcionaliza la versión oficial de lo que sucedió en el vuelo secuestrado el 11 de septiembre de 2001 en el que, supuestamente, los pasajeros se rebelaron contra los terroristas provocando la caída del avión antes de que éste llegue a su blanco.
Por si no se entendió, lo de "revoltijón en el estómago" es un elogio. El cine tiene que provocar sensaciones (o hacer pensar, o, por qué no, ambas cosas a la vez), y "Vuelo 93" las provoca. Sensaciones físicas. Durante la primera mitad, la tensión va ganando lugar en nuestro cuerpo. Y en la última media hora se sienten dosis inimaginables de nerviosismo, tensión, emoción y vértigo. Todos sabemos cómo termina la historia, pero aún así nos involucrarnos tanto con la narración que llegamos a sentir que los pasajeros quizás tengan éxito en su empresa. Llegamos a desearles el triunfo. ¿No es muy loco eso, teniendo en cuenta que ya sabemos el final? Bueno, eso es lo que provoca una gran película.
Y no importa si lo que se narra es lo que sucedió realmente o no. Obviamente que un film ficcional no se debe tomar como documento fiel de un hecho real. Nunca sabremos si en verdad el avión no habrá sido derribado por los mismos yanquis, y nunca conoceremos a los terroristas y a los pasajeros. Eso no importa, porque mi elogio se dirige a la puesta en escena y la construcción de personajes y situaciones que logra el film, es decir, a su poder cinematográfico, artístico (que, naturalmente, usa nuestros conocimientos de lo que sucedería para crear más tensión).
Si quieren ver una película que narra una historia sin provocar nada en el espectador, vean una bazofia como "El centinela", que emociona tanto como un resumen de su argumento ("Hay una conspiración para matar al presidente y el principal sospechoso escapa para probar su inocencia"). Pero si lo que quieren cuando van al cine es sentir (y están preparados para un "revoltijón en el estómago"), entonces vean "Vuelo 93".

Sunday, September 03, 2006

Credo

Creo en Bob Dylan.
Creo en el fílmico.
Creo en el determinismo.
Creo en Marilyn Monroe.
Creo en el helado de limón.
Creo que me siento mal (no, ya pasó, fue un mareo repentino).
Creo en Brian De Palma.
Creo en la memoria emotiva.
Creo en Borges.
Creo en las cosas que uno dice cuando es un niño (y también cuando tiene 12 años, y cuando tiene 18).
Creo que puedo.
Creo en Enrique Symns.
Creo en las calles que no conozco.
Creo en el trabajo hecho a conciencia.
Creo en Tom Waits.

Sunday, August 27, 2006

Clasificaciones inútiles

Gracias a un amigo que me dio la idea (en realidad le robé la idea, él ya lo puso en su blog, pero es todo lo mismo), va mi aporte al mundillo de seres que clasifica las canciones bajo rótulos especiales:

-Canción perteneciente al grupo de canciones míticas que desde que supe de su existencia hasta que la escuché por primera vez pasaron tres años: "Stairway to heaven" de Led Zeppelin.
-Canción que, increíblemente, no escuché ni una vez durante todo el año que duró su bombardeo mediático a través de una exitosa novela (y recién la escucharía al año siguiente, viendo la repetición de esa novela): "Down with my baby" de Kevin Johansen + The Nada.
-Tema instrumental de 18 minutos que, en un arrebato de locura en el trabajo, llegué a poner cuatro veces seguidas: "Olé" de John Coltrane.
-Canción que cuando sonaba en los medios yo decía "Es buena, pero no llega a gustarme" y luego que pasó el furor finalmente me gustó: "El matador" de Los Fabulosos Cadillacs.
-Canción que empecé odiando y luego me llegó a gustar: "Die another day" de Madonna.
-Canción que no importa que la haya escuchado 563 veces, siempre que la oigo me parte al medio: "If you see her, say hello" de Bob Dylan.
-Canción que desde que la escuché por primera vez nunca hubiese pensado que la saltaría en un recital en el más movido de los pogos: "Los dinosaurios" de Charly García.
-Canción que siempre pensé que era hermosísima y me lamentaba que su creador en general no la cantase en vivo, hasta que escuché un recital donde la usó como cierre apoteótico instando al público, justamente, a que la coreen comunitariamente como si fuese una canción mítica: "Couldn't call it unexpected, N° 4" de Elvis Costello.
-Canción que me hizo pensar por unos pocos instantes que Luis Miguel podía tener algo de criterio artístico y sinceridad en su interpretación de viejos boleros: "Si nos dejan".
-Canción de la que hice un playback en una fiesta familiar cuando era chico: "Baby don't forget my number" de Milli Vanilli.
-Canción que, en el contexto de la película por la cual la conocí ("La vida continúa" de Brad Silberling) me emociona bastante, pero escuchada fuera de ese film no me provoca mucho: "I'll be you lover too" de Van Morrison.

Thursday, August 10, 2006

La pregunta del día

¿Es mejor ser imposible o impasible?

Thursday, July 27, 2006

"Breaking rocks in the hot sun..."

"I fought the law and the law won"
Sonny Curtis

La versión original de esta canción no es de The Clash, es de The Crickets, el grupo que secundaba a Buddy Holly. Y sí, todos ganamos y perdemos contra la ley.

Sunday, July 02, 2006

Crónicas desde Niceto

¿Qué tienen en común el tango y la cumbia? Que, a priori, son géneros musicales que no me atraen del todo. ¿Cómo es posible entonces que mi banda favorita sea una cuya discografía se apoya principalmente en esos dos géneros? La respuesta sólo se puede entender escuchándolos: la juguetona personalidad de Los Cocineros los hace enteramente disfrutables sea cual sea el género que aborden (no sólo interpretan cumbia y tango, su abanico abarca rock, bolero, cuartetazo, ranchera y hasta música disco). Y lo que es mejor: verlos en vivo es una experiencia mucho más fascinante de lo que podríamos suponer si sólo escucháramos sus discos, una experiencia por la que todos deberíamos pasar no una sino varias veces.
Por eso, como estos muchachos son cordobeses, cada vez que pasan por Buenos Aires hay que aprovechar la ocasión. Así que el viernes a la noche me encaminé a Niceto (mítico antro porteño que, aunque parezca mentira, yo nunca había pisado) para verlos junto con una amiga prácticamente tan fanática de la banda como yo. Ella llegó más tarde, así que se perdió al grupo introductorio: Anatol Delmonte, considerados "los primos porteños" de Los Cocineros. Este grupo soporte (a quienes yo conocía de una presentación anterior en la que también habían precedido a Los Cocineros) logró cautivar al público con su mezcla de rock, pop y murga uruguaya y su buen dominio escénico, que resultaba humorístico en ocasiones, sobre todo cuando se ponían a dar sus ya clásicos saltitos. No puedo dar detalles sobre las canciones que tocaron, ya que no conozco los nombres, sólo reconocí los covers que hicieron de otros artistas: "Lo dedo negro" de Eduardo Mateo y una versión reggae de "I'm so tired" de los Beatles. Atrás mío había un adolescente borracho gritando todo el tiempo "¡¡¡Toquen 'El oso'!!!", como burlándose de un supuesto espíritu de fogón que en realidad no era lo que predominaba en ese momento. O quizás era un intento de chiste que sólo él entendía, ya que lo siguió gritando durante el show de Los Cocineros.
Al terminar la actuación de Anatol Delmonte pasaron unos minutos y Los Cocineros fueron llegando al escenario, cada uno empezando a tocar su instrumento a su turno. Para los que no los vieron nunca, la voz de su cantante principal tiene un timbre parecido al de Midnerely Acevedo (la cantante de Mimí Maura) y su amplitud de registro y potencia es increíble, pero lo mejor no es su capacidad de entonar sino cómo usa esa capacidad. Habiéndolos visto previamente tres veces, puedo decir que a medida que pasa el tiempo los tipos ganan en dominio escénico y pueden hacer literalmente el show que les venga en gana; si un día se les canta hacer un recital más relajado (o que alterne ritmos "festivos" con otros más "reposados", como hicieron en ocasiones anteriores cuando abrían con esa joya que es "Cariño bonito") lo podrán hacer perfectamente, ya que tienen una versatilidad que cualquiera les envidiaría, versatilidad que, sin embargo, se siente como algo totalmente natural cuando uno los tiene ahí adelante.
Justamente esa mezcla de estilos que caracteriza a sus grabaciones es lo que se potencia en vivo. Si en su segundo disco versionaban el tango "Fumando espero" en tiempo de cumbia y metían el tema de James Bond en acordeón como introducción a "Quizás, quizás, quizás", en vivo transforman a experiencias más rockeras las canciones ya transformadas en sus discos, haciendo que los lentazos "Amor de músico" y "Caminemos" se escuchen con un tempo totalmente diferente y bailable. De todos modos, el que no quiere bailar sino solamente disfrutar de buena música también podrá apreciar un show de estos muchachos, ya que son musicalmente grandiosos sin hacer un exhibicionismo vacío. Además, el aspecto "showmanístico" está garantizado, sobre todo en lo que respecta al humor (en ese sentido el bajista es todo un personaje).
Mientras mi amiga (que llegó durante la cuarta canción) se bailaba todo, yo mantuve un perfil más bajo entre la gente más alejada del escenario, pero aún así no pude evitar tener una sonrisa permanente de oreja a oreja y corear todas las letras que sabía. Así se fueron sucediendo sus deliciosas versiones de "Mami" de Chico Novarro (en la que intercalan muy inteligentemente fragmentos de la Marcha Nupcial), "¿Qué hago en Manila?" de Virus, el clásico mexicano "Tengo una muñeca", la potente canción italiana "Io cerco la Titina" (donde la voz de la cantante Maru Santocho alcanza su máxima expresión) y hasta "Ella… ella ya me olvidó, yo la recuerdo ahora" de Leonardo Favio, en la que los integrantes de la banda se iban intercalando los versos de la canción. Más allá de estos covers (y los ya mencionados "Caminemos", "Fumando espero" y "Amor de músico"), hay que decir que, a medida que la banda evoluciona, aumenta la proporción de temas propios en su repertorio. En esta ocasión se escucharon ¡siete! canciones inéditas pertenecientes a su próximo disco, todavía no grabado, en las que se pudo observar su cada vez más notoria capacidad de abarcar géneros musicales, volcándose en este caso al más estridente rock de guitarras y hasta a la música disco. Además, por supuesto, no faltaron otros temas propios que ya son hits de Los Cocineros. En "No te creo" (una de esas canciones cuyos estribillos se pueden convertir en clásicos) siguen contrabandeando el riff de guitarra de "Seven nation army" de los White Stripes. A "El tornado" le agregaron una grandiosa introducción percusiva, mientras que en "Flores y sandías" hicieron una inevitable alusión a la eliminación de Argentina del mundial: el último verso de la estrofa "No dejes que te detengan/ ni los vientos ni los mares/ ni la risa de los otros/ no te pierdas en los bares" se transformó en "ni los fucking alemanes". Por suerte, tampoco faltó "Ranchera del té" (otra joya, que empieza sonando típicamente mexicana, en el medio mezcla "Quiérote" con "Quiero té" y termina con los integrantes entonando el "papapapara" de "El barbero de Sevilla") y también incluyeron esa oda al alcohol llamada "Mercurio", posiblemente mi favorita, sobre todo porque le da la posibilidad de lucirse a la irresistible guitarrista, trompetista y corista Sol Pereira. La noche terminó con "El arte culinario de amarte", que puede considerarse el "himno" de Los Cocineros (nadie puede contra la frase "Deshojando una cebolla descubrí una gran verdad: no sos el único motivo que me puede hacer llorar").
Eso de que "la noche terminó" es un decir: la mayoría de la gente se quedó en Niceto, mientras que mi amiga y yo nos fuimos a hablar de bueyes perdidos, felices de haber podido ver a la banda una vez más. Para la próxima, ya saben: cita ineludible.

Wednesday, June 21, 2006

Hoy es hoy

Como diría Calderón de la Barca: "Hace seis días necesitaba motivos para irme. Hoy necesito motivos para quedarme."

Tuesday, June 06, 2006

Mi defensa tautológica de "Misión imposible 3"

(Atención: si no quieren enterarse del final de "Misión imposible 3" no lean este post).
Todo espectador entiende, aunque sea instintivamente, que hay varios tipos de credibilidad en el cine. En un film como “Hook, el retorno del Capitán Garfio” no rigen las mismas leyes físicas ni temporales que en una película que se pretenda mínimamente realista como “Perdidos en Tokyo”. La mayoría de los espectadores tomó a “Misión imposible 3” como un film perteneciente a esta segunda clase, es decir, una película con más asideros con la realidad, que comparte al menos las mismas leyes físicas de nuestro mundo y una supuesta falta de exageración y desmesura que el público entiende como realismo. Por eso no aceptan hechos supuestamente insólitos o casualidades que son físicamente posibles pero que no suelen aceptarse en obras que se propongan como realistas (del mismo modo se pronunciaron en contra de la última media hora de “Misión imposible 2”).
Pero así como Clinton dijo “¡Es la economía, estúpido!”, en el cine se podría decir “Es el estilo, estúpido” o quizás “Es el espíritu”. Las tres películas de “Misión imposible” no pertenecen a un supuesto género de espionaje al que tengan que respetar, sencillamente porque no existe un género de espionaje, sólo existen algunas constantes que pueden tomarse como punto de partida para desde ahí desarrollar una obra con sus características particulares. Hay tantos géneros dentro del supuesto género de espionaje como espíritus o feelings pueda tener una película. Del mismo modo, los tres films de esta saga no responden al espíritu de la serie televisiva, sólo toman algunos aspectos básicos (como la música, por ejemplo) pero construyen algo distinto partiendo de ahí. “Misión imposible 3” no tiene por qué tener el espíritu de la serie ni el espíritu de un film de espionaje “realista” o serio; a lo sumo, si le debe ser “fiel” a algo es a la historia y a las expectativas de emoción desarrolladas en los dos films previos. Me corrijo: ni siquiera debe serle fiel al espíritu de esas otras dos entregas, ya vimos que la segunda parte tenía un estilo totalmente diferente a la primera, y esto es así porque ambas eran obras de directores con visiones personales sobre lo que es el cine o sobre lo que ellos querían entregar en el marco de un tanque hollywoodense (y no es el único caso en que films de una misma saga tienen espíritus distintos). No, “Misión imposible 3” sólo debe serle fiel a una obra: a “Misión imposible 3”. Y por suerte lo cumple (y en este caso es algo valorable, no como en los films de “Scary movie”, por ejemplo, que son fieles a sí mismos pero no hacen que eso sea una virtud).
Durante los primeros tres cuartos de la película parece no haber desmesura ni rasgos de estilo particulares, y la narración transcurre sin presencia de escenas de acción realmente “imposibles” que nos hagan sentir un vértigo cinematográfico o que nos emocionen. Esto no es una crítica sino sólo una descripción, de hecho el film está lo suficientemente bien llevado como para poder disfrutarse sin complejos, con momentos de narrativa clásica (pero, repito, no exacerbada) de los que se destacan la misión en que los protagonistas secuestran al villano y el ataque que sufren en el puente, gran escena de acción que pone toda la carne al asador en términos visuales pero que no ofende a los espectadores que buscan esa supuesta credibilidad “realista”. Más tarde, Tom Cruise debe balancearse pendularmente entre dos edificios para entrar en uno de ellos, y ahí sí empezamos a sentir algo especial, un feeling de que estamos viendo algo “larger than life”, algo conscientemente ideado como un delicioso y delirante momento de puro cine (aunque dure pocos segundos), que se continúa con Cruise disparándoles a agentes de seguridad mientras va cayendo por el borde del edificio. Luego, en una decisión que podría parecerles extraña a muchos espectadores, el robo que hace Cruise en ese edificio no se muestra, sino que recién volvemos a ver al personaje cuando sale en paracaídas en otra escena delirante. Quizás esa escena del robo no fue incluida en el film para no hacerlo demasiado largo, pero, sea por el motivo que fuere, creo que el resultado es genial: de esta manera, una película con toda la plata (que se supone debería mostrar minuciosamente cada acción de las misiones que vive su protagonista durante su transcurso) logra diferenciarse, como diciéndole al espectador “A esta altura no te vamos a mostrar todo como exhibicionistas, somos realmente juiciosos y pondremos sólo lo necesario”. Y disculpen la minuciosidad de lo que sigue, pero los minutos finales del film aportan una pasión y un delirio cinematográficos tales que hacen necesarios su narración.
Cruise es apresado por los villanos, logra liberarse y se comunica telefónicamente con un compañero de trabajo que le indica a cuántas cuadras está su esposa secuestrada. Desde el momento en que Cruise abre la puerta del lugar donde estaba encerrado y la cámara se eleva para mostrar una visión panorámica de Shanghai y luego, en la misma toma, mostrar cómo nuestro héroe empieza a correr y cruzar puentes con el celular en mano, desde ahí podemos convencernos de que los que hicieron esta película (o al menos esta parte de la película) aman el cine. Esto sí es pasión, Cruise corriendo en una larga toma en la que (probablemente por algún efecto de postproducción, porque no creo que el tipo corra tan rápido) la gente a su alrededor se ve de manera muy difusa mientras él corre, corre, corre… (en los últimos años parece haber un descubrimiento de que ver a un personaje correr puede resultar liberador, trascedente, catártico y/o apasionante, por ejemplo en “Impulso adolescente” o “El abrazo partido”, y recordemos también la gran corrida de la historia del cine, la de “Los cuatrocientos golpes”).
Cruise llega al lugar donde está secuestrada su esposa, y cuando la está liberando siente el dolor insoportable de la carga de nitroglicerina que hay implantada en su cabeza, lo cual le entorpece en su pelea con el villano. De hecho, Cruise sucumbe y queda inutilizado hasta que ve que su esposa está a punto de morir, y ahí toma fuerzas de quién sabe dónde para darle con todo al villano sin que su propio dolor lo detenga, y mientras lo hace se agarra la cabeza con las manos, lo cual nos hace sentir cuán extrema tiene que ser esa comezón para que un agente experto, superentrenado y acostumbrado a todo tipo de dolor no pueda sacarse las manos de la cabeza mientras pelea con otra persona.
Finalmente, Cruise le pide a su esposa que le aplique una descarga de no sé cuántos voltios para inutilizar la carga de nitroglecerina y que luego lo reviva presionándole el pecho como suelen hacer los médicos. Todo esto lo dice tartamudeando de dolor, y también le enseñar a su mujer cómo se usa un arma por si alguien entra cuando él esté “clínicamente muerto”. En efecto, la descarga es aplicada y entran más villanos al lugar, con lo cual el papel heroico de la película deja de ser para Tom Cruise por un rato y pasa a manos de su esposa, lo cual, sin ser algo novedosamente espectacular, no deja de ser muy interesante y aporta otro toque de delirio. En efecto, la esposa liquida a una figura amenazante que no conoce pero que el espectador sabe que es el traicionero jefe de Cruise. Luego le devuelve la vida a Cruise y la primera reacción de éste al recuperar la conciencia es agarrar un arma y alistarse a disparar. Ahí termina todo este desaforado segmento en el que la película ganó emoción y temperatura. ¿Por qué lo describí de una manera tan minuciosa? Muy simple, para preguntar a continuación: ¿qué hay de malo en ese final? Yo sólo veo amor por el cine y pasión por dar momentos que sólo pueden ser experimentados en las películas.
Por eso “Misión imposible 3” es buena, sobre todo en su final: por el cambio que produce esa exageración creciente de su última media hora, por su valor de entretenimiento, por volver a mostrar en otra situación límite a un héroe cinematográfico al que ya habíamos visto balancearse en el aire silenciosamente sobre una computadora, volar por los aires por la explosión de un helicóptero dentro del tunel de un tren, colgarse entre montañas solamente como hobby, saltar al vacío desde lo alto de un edificio y tener un duelo típicamente cowboy pero subido a una motocicleta.
“Misión imposible 3” cumple con la finalidad de ser la película que tiene que ser. Esperemos que la cuarta parte también logre ser fiel a sí misma (y que eso sea algo bueno).