Wednesday, September 16, 2009

(In)consciente colectivo

Estaba en una parada de colectivo leyendo una nota sobre la carrera de Quentin Tarantino, a partir del estreno de su film "Bastardos sin gloria". Justo estaba leyendo la parte en que hablaban de su debut, "Perros de la calle", pero tuve que guardar la revista porque venía el colectivo. Al subirme y pagar, escucho que la hija del chofer (una niña de unos 7 años que lo estaba acompañando en su trabajo) le pregunta a su padre "¿Y por qué les dicen perros de la calle?".
Mi sorpresa fue mayúscula, pero lo fue más escuchar lo que siguió. El chofer le respondió: "Porque son perros que no son de nadie, son vagabundos, están ahí en la calle sin dueño...". O sea que no estaban hablando sobre la filmografía de Quentin Tarantino, por supuesto, sino, literalmente, sobre perros de la calle. Y de hecho, eso es lo raro: si hubiera escuchado a dos personas hablando sobre Tarantino, esa casualidad no tendría nada extraño en una fecha cercana al estreno de un film suyo (sería como si una persona reflexiona sobre candidatos presidenciales el día de las elecciones y luego escucha a dos desconocidos hablar de lo mismo: nada raro).
Lo altamente curioso que uno lea una sucesión muy específica de palabras y luego escuche esas mismas palabras en boca de otros sin que el objeto de la lectura y el objeto del diálogo ajeno tengan nada que ver.

Monday, March 23, 2009

Crónicas desde el Gran Rex (Roger Hodgson en Buenos Aires)

Prólogo: hace 10 años...
Cuando terminaba la escuela secundaria vi que en el programa del canal Volver “Puerta V” pasarían un recital de Roger Hodgson, cosa rara puesto que era un músico inglés, y yo pensaba que ese programa sólo pasaba recitales de música en castellano. La cosa es que vi la transmisión: ya conocía varias canciones de Supertramp, la banda que él había co-liderado tiempo atrás, pero esa noche descubrí muchas otras, y además varias del tipo como solista, que tenían también una respetable armazón de “joyitas pop” como en lo mejor de aquella subvalorada banda. Y me fasciné con “Death and the zoo”, un emotivo e intenso tema inédito que, junto al resto del recital, me hicieron lamentar no haber ido al concierto. “Pero la próxima vez que vuelva a Argentina, voy de cabeza”, pensé...

Presente: comienzos del año 2009
Diez años después, Roger volvió, y mi cariño por su música y sus modos gentiles no había desaparecido, así que fui a verlo nomás al Gran Rex. A tono con los tiempos cínicos que corren, antes de su aparición en el escenario una voz femenina en off anunció que “si ustedes quieren presenciar una parte importante del pasado y vivir una noche de grandes canciones... pueden comprar el DVD de Roger Hodgson que se encuentra a la venta en el hall del teatro. Mientras tanto, pueden vivir algo similar con la presencia en vivo de este artista”. INCREÍBLE!!! NUNCA HABÍA ESCUCHADO ALGO ASÍ!!! En vez de anunciar el recital como la experiencia principal y el DVD como atracción secundaria o posible “sustituto”, esta voz nos decía que lo principal era el DVD, y que “mientras tanto” podíamos escuchar a Roger en persona. Supongo (y espero) que él no tuvo nada que ver con ese caradurismo.
El recital empezó nomás con “Take the long way home”, obvia elección para un comienzo luego del cual Roger se lamentó de que hubiesen pasado diez años entre su anterior visita y ésta, y expresó su deseo de que todos viviésemos una vuelta al pasado escuchando estas canciones que forman parte de su vida y, ojalá según él, también de las nuestras.
A continuación siguió otro hiperclásico que cantó acompañado solamente por su guitarra acústica, “Give a little bit”, para pasar luego al gran piano de cola que ocupaba el centro del escenario. Durante todo el recital el tipo alternó entre este piano, la guitarra y un pequeño teclado que emanaba sonidos muy “Supertramp”. Y lo primero que hizo en el piano fue otro gran hit, el ochentoso (en el mejor sentido de la palabra) “Lovers in the wind”. Yo no recordaba esto, pero en la visita anterior sólo había dos músicos que lo acompañaban, así que esta vez fue bueno ver una banda completa en el escenario, banda cuyos integrantes tuvieron cada uno su momento de lucimiento (y donde no faltaba, como casi siempre en estos casos, un grandioso multiinstrumentista que cumplía varias funciones durante el concierto).
Así se fueron sucediendo temas como “Hide in your shell”, “Easy does it” (durante la cual los silbidos de la canción fueron coreados por el público como mantra de estadio), “The more I look” y “Sister Moonshine”, para luego llegar a una de las joyas más esperadas de la noche: “Breakfast in America”. Después de esta canción que este año cumple tres décadas de existencia, el propio artista bromeó sobre la letra: “Not much of a girlfriend, I never seem to get a lot... las cosas que uno escribe cuando es joven” dijo riéndose.
Durante el recital, varias veces Roger describía la génesis de una canción antes de interpretarla, como cuando dijo que le encanta la naturaleza y que una noche a la intemperie mirando las estrellas surgió la siguiente canción: “Lord is it mine”. A continuación siguieron otras joyitas pop, como “Along came Mary”, “Even in the quietest moments” y “You make me love you”. Luego explicó que cuando era chico tenía los típicos sentimientos de cualquier adolescente hacia la escuela, un lugar que le enseñaba muchas cosas pero “nada de lo importante”, y que esos pensamientos le inspiraron varias canciones. Y cuando parecía que ésta era la introducción para “School”, lo que se vino fue mucho mejor: nada menos que el mítico pianito de “The logical song”, probablemente el más grande éxito de Supertramp, y con justicia. El público deliraba, por supuesto. Y la alegría del señor Hodgson se percibía muy claramente: no hace nada mal al ego tener espectadores que expresen tanta devoción. Tanto es así que varias veces él pidió que se encendieran todas las luces de la sala para poder ver mejor al público.
Lo sorprendente que uno descubría viviendo el recital es que hay muchos más temas famosos de Hodgson de los que uno imaginaba en un principio, los suficientes como para que hayan quedado afuera clásicos suyos solistas como “Showdown” o “In jeopardy”. Y también faltó, lamentablemente para mí, “Death and the zoo” (pero al menos al llegar a casa hice lo que hubiese sido obvio en estos diez años: la bajé de Internet, y volví a escucharla después de una década de haberla tenido solamente en la memoria). Volviendo al concierto, seguro hubo otros temas que no estoy citando, ya que no conozco su obra tan al dedillo y por lo tanto no recuerdo todos los que tocó. Pero sí sonaron los clásicos “Child of vision”, “A soapbox opera” (típico ejemplo de los intereses trascendentales de Hodgson, ya que la canción fácilmente puede interpretarse como la expresión de la eterna duda sobre la existencia de Dios) y “Fool’s overture”, que incluyó todos los efectos de sonido de la versión original y ese piano tan de fines de los 70s...
Llegado el momento de los bises escuchamos las consabidas palabras “Bueno, ya les dije antes que escribí algunas canciones sobre la escuela...”. Y ahí sí, sonó “School”, muy bienvenida por la mayoría del público, que gritó las partes de sirena con gran complicidad. Y para finalizar, dos clásicos con un (p)optimismo a prueba de todo: “Dreamer” e “It’s raining again”. Era obvio que ése era el último tema, no podía ser de otra manera; cualquiera que estaba viviendo esa fiesta de sonidos se daba cuenta de que era el perfecto final. Y así fue como Roger Hodgson terminó su recital, dejando a todos más que contentos (y yéndose él muy contento, por cierto). Mucha gente menosprecia a Hodgson o a Supertramp por considerarlos un “intento de banda de rock progresivo” (cosa que para muchos es un insulto) o una banda hacedora de hits “típicamente FM”, pero el costado progresivo nunca resultó lo suficientemente pretencioso como para desvalorizarlos, y sus canciones típicamente pop son excelentes dentro de ese género (género donde reinaron los Beatles más complacientes, que, al igual que Supertramp, entregaban verdaderas gemas pop para el recuerdo). Toda esta defensa viene a cuento para decir: ¡no se lo pierdan la próxima vez!

Saturday, January 17, 2009

Pablostory Nº 43

Durante unas vacaciones, luego de haber tenido muchas conversaciones sobre religión con mis amigos en las que cada uno expresaba sus creencias (o no creencias) en Dios, fuimos a ver el amanecer. Y allí, envueltos en el bello paisaje en que nos encontrábamos, mi amigo-místico-y-al-mismo-tiempo-superinteligente-seguidor-de-creencias-cuasihinduísticas le gritó feliz a mi-amigo-superinteligente-ateo-y-cientificista: "¿¿¿Cómo podes creer que Dios no existe???".
(Minutos más tarde le aclaró que no era un tonto que consideraba que la belleza del planeta era una prueba de la existencia de Dios, sino que simplemente se había dejado llevar por la emoción del momento en que contemplábamos callados ese amanecer.)

Friday, January 16, 2009

Mis pequeñas reseñas cinematográficas del 2008

Como es de esperar, las reseñas que aparecen a continuación son sólo de los films que vi, que suelen ser en su mayoría películas de género (no porque las prefiera, sino porque son las que más lamentaría no haber visto en pantalla grande si las llego a ver por tele). Esto fue escrito sin petensión de estilo, casi como "escritura para los amigos". Ah, y no se devela ningún secreto o misterio de las películas, así que adelante nomás.

-“Election”: a pesar de que se estrenó pasada mitad de año, yo la ubico al principio porque ése fue mi orden cronológico, ya que la vi en el Festival de Cine de Buenos Aires del 2007 y entonces es el primer estreno del 2008 que yo haya visto alguna vez (y en el Festival la vi en fílmico, no en proyección digital como se terminó estrenando en el 2008). La cosa es que el gran Johnny To inauguró con este film una gran saga mafiosa que combina acción con intrigas y traiciones al punto de poder catalogarse perfectamente como la “El padrino” de Hong Kong. Una lástima el estreno en formato digital. 10 Aires.

-“Gánster americano”: después de tantas películas fallidas en los últimos 15 años (como “Corazón de héroes”, “Hasta el límite”, “Hannibal” y la sobrevalorada “Gladiador”), Ridley Scott finalmente dirige un film aceptable. Russell Crowe y Denzel Washington son el policía y el traficante enfrentados que, a la manera de “Fuego contra fuego”, no se ven las caras casi hasta el final del film. La película, basada en hechos reales, no es nada brillante, pero se deja ver sin que surja ningún costado hipercriticable, prepotente o modernoso, lo cual ya es bastante en este director, que antes supo hacer gemas como “Blade Runner” y “Alien”. De todos modos, el film desaprovecha mucho la ambientación setentista, que debería haber sido mucho más atrayente. 7 Aires.

-“La leyenda del tesoro perdido: el libro de los secretos”: esta secuela del agradable blockbuster de hace unos tres años tiene su mismo espíritu pero no resulta tan copada. Sí, leyeron bien, considero que la anterior era realmente una buena película, aceptando desde el vamos el género “escapismo puro” al que pertenece (y teniendo en cuenta que no llega a la altura de grandes películas de ese género, como las de Indiana Jones). Pero la segunda parte pierde el pequeño encanto de la novedad, y por más que haya glorias como Harvey Keitel, Helen Mirren y Ed Harris, el film se hace sólo llevadero, y absolutamente olvidable a pesar de la interesante premisa de encontrar secretos en pedazos de la historia de los Estados Unidos. Otro de los motivos por los que la original era mejor es que no era tan insufriblemente patriótica como ésta. Aún así, que el film mantenga su ritmo fresco es un logro en estos días de tanto blockbuster con montaje hiperkinético que no deja respirar. 6 Aires.

-“El hombre robado”: raro estreno que sólo se vio en el Malba, esta película argentina en blanco y negro merece un estreno mayor y en fílmico. Algo así como una versión nacional de los amores cruzados y diálogos ingeniosos que proponen los films del francés Eric Rohmer, el film resulta altamente disfrutable si se acepta el “mood”. 8 Aires.

-“1408”: volvieron a ponerse de moda las adaptaciones de Stephen King. Este film está basado en un cuento con una idea bastante aprovechable y filmable: un escritor de guías de turismo de “hoteles embrujados” quiere alojarse en una mítica habitación de hotel famosa por las muertes que en ella sucedieron. Si el protagonista es John Cusack, ya hay interés garantizado, y, en efecto, la película logra atrapar hasta pasada la mitad del metraje, pero hacia el final se torna tan arbitraria y psicologista que pierde mucho de su mérito. Como film de terror, proporciona sustos y angustia, pero ese último tramo hace que le bajemos la posible buena nota a unos 5 Aires.

-“Hitman”: fallido film de acción basado en un videojuego, sobre un asesino profesional que… ¿Cuál era el argumento? Bueno, obviamente no quedó en mi memoria mucho que digamos. El protagonista tiene el mismo carisma que el que desplegó como villano en “Duro de matar 4.0” (es decir, ninguno), la trama no involucra al espectador y las escenas de acción ni siquiera resultan particularmente notorias. Al menos la coequiper femenina era Olga Kurylenko, que está mejor aquí (tanto en belleza como en capacidad actoral) que en la posterior película de James Bond que la hizo famosa. 4 Aires.

-“Cloverfield: monstruo”: una de las varias películas del año filmadas como si el camarógrafo fuese uno de los protagonistas, es decir, a la manera del “cinema verité” (como “El proyecto Blair Witch” o la posterior “Rec”). Con una publicidad enigmática que mantenía misterio sobre la trama, el film cumple su propósito de hacernos entrar en la vida de unos personajes de manera “realista” para luego arrojarlos en un infierno donde Manhattan es atacada por quién sabe qué. A pesar de que mucha gente se mareó por el movimiento de cámara, no me pasó a mí, y disfruté muchísimo este típico blockbuster filmado de manera distinta. Como casi todo lo que dirige o produce J.J. Abrams (“Lost”, “Misión imposible 3”, “Alias”, la próxima “Star Trek”), mantiene interés y logra posicionarse con talento dentro de un género al mismo tiempo que presenta algún aspecto novedoso. 8 Aires.

-“Promesas del este”: vuelve la dupla actor-director de “Una historia violenta”: Viggo Mortensen y David Cronenberg. Y esta segunda colaboración me gustó mucho más, quizás gracias a que esta vez Viggo está acompañado por la gran Naomi Watts. La historia es la de una mujer que se ve envuelta en la mafia rusa, donde labura nuestro querido Viggo. Su gesto de señalarse el cuello con cara de “a vos te voy a matar” es uno de los grandes momentos del año, como también lo es una feroz y visceral pelea en un sauna en la que se ve envuelto. Más allá de esa escena, el film mantiene un tono sobrio (que contrasta con los habituales excesos de Cronenberg) pero el interés nunca decae. La imagen final es un perfecto resumen de la brillantez de la película. 10 Aires.

-“Sweeny Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet”: si había una obra musical que fuera perfecto material para que Tim Burton lleve a la pantalla, era ésta. Otra oportunidad para que su aliado Johnny Depp se despache con una de esas actuaciones para la historia, aquí como un barbero que vuelve a su ciudad para vengarse del hombre que provocó la perdición de su familia. Todo es casi perfecto: la manera en que son interpretadas las canciones, la fotografía, el montaje, la ambientación… Sólo falla la poco interesante performance de los actores jóvenes, y un final que deja algún que otro cabo suelto. Es cierto que Burton fue incluyendo costados inesperados e imaginativos en cada uno de sus últimos films y se podría decir que aquí “se dejó estar”, es decir, que esta película parece más una copia del estilo de Tim Burton que una obra personal suya. Pero sería injusto criticarla por eso; aunque no sea todo lo brillante que puede ser, sí es más que suficiente el placer que obtenemos al ver la interacción entre Depp y Helena Bonham-Carter y al empaparnos del jugoso cinismo que emana la historia. 8 Aires.

-“Expiación, deseo y pecado”: sin ser mala, es una de las decepciones del año. Del director de la gloriosa última versión de “Orgullo y prejuicio” (y con su misma protagonista, Keira Knightley) llega esta adaptación de otra novela de época. Como el anterior trabajo de esta dupla, este film destila pasión, buenas actuaciones y un uso deslumbrante de la fotografía, el montaje y el sonido. Pero es el guión el que falla esta vez: la primera mitad de la película es apasionante pero luego se vuelve menos interesante hasta llegar a un final que a mí me decepcionó mucho. Y no sirve decir que es una adaptación fiel de la novela en que se basa; lo importante es que haya un buen resultado cinematográfico, y no ganar fidelidad al precio de que el film resulte menos bueno. De todos modos, es una película que hay que ver, pero ciertamente en cine, ya que en pantalla chica perderá mucho de su esplendor. 6 Aires.

-“Petróleo sangriento”: sí, es un film altisonante y pretencioso, como su protagonista, ese Daniel Plainview interpretado magistralmente por Daniel Day-Lewis. Pero esa ambición no es arbitraria ni contraproducente; encaja perfectamente con la historia que se cuenta, la de un buscador de petróleo cuyas ansias de poder y control no se detienen ni ante su propio hijo. Dura más de horas y media, pero nada está de más (aunque no me gustó tanto como “Magnolia” y “Embriagado de amor”, dos verdaderas joyas del mismo director). El secundario Paul Dano también se merece loas, sobre todo por su humillante confrontación final con el malo de Daniel, escena para el recuerdo. Y frase para el recuerdo: “I drink your milkshake!”. 8 Aires.

-“3:10 a Yuma”: esta remake del clásico western recibió muy buenas críticas, y sí, se merece muchos elogios por contar una historia con clasicismo y sin aspavientos, aunque no es una brillantez como otros exponentes modernos del género (“Los imperdonables”, “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”). Russell Crowe es un villano carismático, y Christian Bale está bien como un perdedor que le quiere dar lecciones de ética a su familia transportando a ese criminal al tren que lo llevará a prisión. Como dije, es una película a la que le falta mucho para convertirse en un film “especial”, pero sí llega a los 7 Aires.

-“Sin lugar para los débiles”: los hermanos Coen tuvieron su momento más prestigioso (Oscar incluido) por su lograda adaptación de una novela que es un clásico moderno. Y Javier Bardem también ganó incontables premios por su rol de un asesino tan despiadado y tan poco emocional que no parece de este mundo. Pero Josh Brolin está igual de bien como un perdedor que encuentra la oportunidad de su vida al llevarse dinero de una fallida transacción mafiosa, y Tommy Lee Jones no se queda atrás en su papel del veterano sheriff que no entiende los tiempos modernos. Casi sin música, los Coen logran una película tensionante al mango, que de todos modos decepciona a muchos espectadores en sus minutos finales. A mí también, lo admito, pero lo que vino antes es tan poderoso que le doy 9 Aires.

-“10.000 A.C.”: después de despropósitos como “Stargate”, “Día de la independencia” y “El patriota”, pareció vislumbrarse un poco de luz en la filmografía de Roland Emmerich con el estreno de “El día después de mañana”, un film catástrofe con un ritmo acertado y protagonistas creíbles y queribles. Pero ahora volvió a entregar otro bodoque: una aventura ambientada en tiempos prehistóricos, con un joven héroe enfrentándose a mamuts, tigres de dientes de sable y toda una civilización que esclaviza a los suyos, todo en busca de su amada. Un argumento que podría haber dado una película aceptable, pero que fue guionado y filmado sin mucho talento y con muchos momentos ridículos, incluyendo una descolgada voz en off de Omar Shariff. De hecho, es sorprendente lo aburrido que puede resultar este blockbuster creado para ganar millones de dólares. 2 Aires.

-“Angel-A”: este demorado estreno de Luc Besson volvió a mostrar sus manierismos visuales y argumentales, pero al menos con este film (y sus posterior y grandiosa “Arthur y los minimoys”) el tipo se desembarazó del ridículo de “El quinto elemento” y “Juana de Arco”. Aquí, un loser recibe la ayuda de una hermosa y desenfadada mujer que tiene más de un secreto… y ambos tratan de encontrarle un sentido a la vida mientras deambulan por París y tratan de solucionar los problemas monetarios de él. La fotografía en blanco y negro ayuda mucho a disfrutar del film, que, de todos modos, como era de esperar, no se eleva más allá de los 5 Aires.

-“El diario de los muertos”: por todo lo que había leído sobre este film, suponía que esta nueva incursión del legendario George Romero en el mundo de los zombies sería un film tan entretenido como los anteriores y al mismo tiempo una incisiva mirada a los tiempos que corren. Y quizás sea lo segundo, pero no lo primero. Definitivamente es la más aburrida de sus películas de zombies, con sólo algunos momentos dignos de atención (como el comienzo y el final). Desde el guión se propone una distancia con los personajes que hace que no nos involucremos emocionalmente, con lo cual se pierde gran parte del interés posible. Y además, el film ni siquiera resulta tan interesante desde su comentario sociopolítico: la idea de que los medios pueden manipularse y que las filmaciones caseras pueden ser más “verídicas” resulta cansadora cuando la machacan una y otra vez. 5 Aires.

-“U23D”: este film se estrenó sólo en IMAX, en 3-D. Es una versión reducida de lo que sería un típico concierto de la gira 2005-2006 que trajo a U2 a la Argentina, y de hecho varios segmentos están filmados en Buenos Aires. Es disfrutable por fans de U2, por supuesto, pero los efectos 3-D no eran tan grandiosos. De todos modos, lo que me creó un problema cuasiético fue el saber que en un film que supuestamente muestra un recital (o partes de varios recitales), para lograr una mayor cercanía entre las cámaras 3-D y los miembros de la banda muchas tomas están filmadas en un estadio vacío, con el grupo “actuando” su performance para que cuadre con el sonido grabado de esos recitales pero sin mostrar nunca el estadio vacío, de manera que el espectador piense que lo ve es parte de los recitales. Considero que eso es una deslealtad y un engaño, aunque el film no sea un documental. 5 Aires.

-“Viaje a Darjeeling”: cada tres años nos llega la cuota Wes Anderson, que aquí entrega otra obra con su estilo al mango, como en “Tres es multitud”, “Los excéntricos Tenenbaum” y “La vida acuática”. El cortometraje “Hotel Chevalier” (sí, ése donde se luce Natalie Portman) sirve como aperitivo al film, que cuenta la historia de tres hermanos (Owen Wilson, Jason Schwartzman y Adrien Brody) que viajan a la India en una travesía de reencuentro y autoconocimiento. La crítica dijo que éste es el film más manierista y calculado del director, pero a mí no me llegó así: realmente me conmovió este viaje cinematográfico de seres frágiles que mezcla exotismo, valijas metafóricas, una fotografía exquisita, Anjelica Huston, música hindú y pop clásico. 8 Aires.

-“Los paranoicos”: a pesar de que se estrenó cerca de fin de año, la coloco aquí porque la vi en el Festival de Cine de abril. Otra vez Daniel Hendler haciendo de Hendler, y en esta película logra casi su mejor composición, como un tipo un tanto alienado (aunque no taaanto) que se reencuentra con un viejo amigo exitoso, quien le ofrece una oportunidad laboral al mismo tiempo que lo humilla (¿involuntariamente?). Y por si el perfecto guión no era suficiente, de repente aparece Jazmín Stuart para traer más luz a esta muy disfrutable y catártica película argentina. 8 Aires.

-“Persépolis”: otra que vi en el Festival de Cine, este film está basado en una historieta autobiográfica de una mujer iraní y está codirigido por ella. Narra su vida desde pequeña y su posterior exilio, con pinceladas precisas sobre la situación política de su país y sobre todo lo que atañe al crecimiento y aprendizaje de un ser humano, fanatismos musicales y desengaños amorosos incluidos. El film logra eso manteniendo una estética muy de comic pero al mismo tiempo muy cinematográfica, sin exhibicionismos técnicos y recurriendo incluso al uso de primitivas sombras chinescas. Una experiencia distinta que todos deberían ver. 10 Aires.

-“Shine a light”: finalmente, uno de los tantos documentales de Martin Scorsese tiene su estreno comercial en Argentina. Cuándo no, si es sobre los Rolling Stones. Y, justamente, es más musical (la grabación de un recital) que un documental (tiene alguna que otra entrevista de archivo). Es ya un lugar común decir esto, pero la banda se mantiene en forma, aunque yo no soy ningún fan del estilo gritón y movedizo de Mick Jagger. Sí del resto del grupo, sobre todo de Keith Richards, un alma hecha guitarra, y hasta canta con más sentimiento que Jagger. Hay invitados como Cristina Aguilera, Jack White y Buddy Guy, que tiene una mirada de verdadero diablo del blues y el rock and roll. Y hay hits obvios, pero también delicias como “She was hot” y “You got the silver”, todo filmado con una belleza puramente cinematográfica. 8 Aires.

-“Iron Man: el hombre de hierro”: una grata sorpresa, un blockbuster sobre un superhéroe de historieta que resulta una gran película, más allá de una confrontación final un poco falta de imaginación. Uno de los grandes aciertos del film es tener a Robert Downey Jr. como protagonista haciendo de Tony Stark, un millonario que se comporta como un playboy y sólo se preocupa por ganar dinero hasta que algunos infortunios personales le hacen ver que fabricar armas no está bueno. De ahí a convertirse en superhéroe hay un paso. La interacción con su secretaria (Gwyneth Paltrow), su manera de hacer chistes “dead-pan” mientras sostiene un trago, todo hace que nos preguntemos: ¿cómo es posible que recién ahora este tipo tenga este tipo de protagonismo estelar? 8 Aires.

-“Los crímenes de Oxford”: luego de grandes films (algunos no tanto, pero siempre interesantes y personales) como “El día de la bestia”, “Perdita Durango”, “Muertos de risa”, “La comunidad”, “800 balas” y “Crimen ferpecto”, Álex de la Iglesia dirige su película más impersonal, que llega a ser verdaderamente fallida para cualquier parámetro. Esta adaptación de la novela de misterio “Los crímenes imperceptibles” (escrita por un argentino) tiene una trama interesante que nunca llega a apasionar, por más que por ahí ande dando vueltas John Hurt en su típico rol de sabelotodo. Pero Elijah Wood como protagonista no logra ningún tipo de empatía, y todo parece resuelto de un modo “profesional y distante”, sin alma. 4 Aires.

-“Meteoro: la película”: parece que esta adaptación de la vieja serie de TV será un film incomprendido por siempre. Con un uso totalmente innovador de la fotografía y el montaje, los hermanos Wachowski logran una película con mucho amor por el cine y el pop (a diferencia de su trilogía “Matrix”, hecha sin amor a nada). Carreras, humor, psicodelia, secretos de familia, ninjas, estética de historieta, animé, flashbacks, monos, golosinas… en esta locura sobre ruedas hay de todo, y aún así el resultado es coherente y respetuoso con sus personajes. Y, sobre todo, altamente disfrutable para todos aquellos dispuestos a presenciar una película cuya estética se corre de los cánones tradicionales. Lamentablemente, no fueron muchos. 9 Aires.

-“La rabia”: este film estrenado en el Malba es el primero que vi de Albertina Carri (“No quiero volver a casa”, “Los rubios”, “Géminis”) y me decepcionó un poco. Narra una historia rural con sexo, violencia y sordidez, y tiene un estilo propio, más afín al llamado Nuevo Cine Argentino que al de una película “popular”, lo cual no me parece para nada mal. Pero el resultado es quizás demasiado crudo y distante para mi gusto. 6 Aires.

-“Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal”: diecinueve años después del último film de la saga, Steven Spielberg, George Lucas y Harrison Ford vuelven a entregarnos otra aventura del arqueólogo más famoso del cine. A pesar de que Spielberg mintió cuando dijo que el film, como los anteriores, tendría pocos efectos digitales, el resultado sigue teniendo ese espíritu lúdico y de amor por el cine que tenían las anteriores entregas. Ford está más viejo, sí, y eso parece contagiarse un poco a todo el film, pero el poder disfrutar una vez más de una de estas aventuras no tiene precio. Cate Blanchett es una villana a la altura del reto, y, contra lo que se podría esperar, el side-kick Shia LaBeouf no está insoportable, y hasta nos regala una de las escenas del año, saltando de liana en liana en una selva como Tarzán. Ah, y por fin podemos escuchar rock and roll en un film de Indiana Jones, y podemos ver una de esas clásicas “peleas en un bar de los años 50” al mejor estilo “Volver al futuro”. 8 Aires.

-“La niebla”: luego de “Sueño de libertad” y “Milagros inesperados”, Frank Darabont vuelve a dirigir un film basado en un texto de Stephen King. Esta película, cuyo título en castellano es el mismo que el de un gran clásico de terror de John Carpenter de 1980, también tiene todo para convertirse en un clásico del terror de los tiempos modernos. Sin ninguna gran estrella en el reparto, la historia conjuga el terror más básico (miedo a lo desconocido, que llega envuelto en una niebla para provocar muertes espeluznantes) con un terror más bien psicológico, que nace de las diversas reacciones que tienen los protagonistas frente a esa situación. Con un sorprendente final y un feeling entre “setentista” y “ochentoso”, este film se posiciona fácilmente entre lo mejor del año. 9 Aires.

-“I’m not there”: milagrosamente se estrenó en cines la película de Todd Haynes (“Lejos del paraíso”, “Velvet goldmine”) sobre Bob Dylan, mítica por el hecho de que diversas etapas de su vida son personificadas por seis intérpretes distintos, uno de ellos una mujer, nada menos que Cate Blanchett haciendo del Dylan modelo ’66, el de anteojos oscuros que daba antológicas declaraciones a la prensa. Pero no sólo Blanchett está perfecta; también el chico que hace de un joven Dylan negro admirador de Woody Guthrie, el Dylan etapa “western crepuscular” que hace Richard Gere (en el segmento más críptico de todos, filmado como si fuera un viejo film de Robert Altman) y el Dylan que sufre por la separación de su esposa interpretado por Heath Ledger. Además de Altman, el film usa la estética de Fellini y Godard, logrando estilos distintos en cada segmento para dejar en claro que una vida y obra como las de Dylan serían inabarcables por una “biopic normal”, y que, justamente, el tipo es tan camaleónico que se merece un film así. La película quizás confunda a los que tengan pocos datos sobre su historia, pero a mí me fascinó. 9 Aires.

-“Michael Clayton”: no la vi en cine, pero la vi, así que es un estreno del 2008 que entra en esta lista. George Clooney hace uno de sus mejores papeles como un abogado que debe revisar su vida y su ética a partir de un caso complicado. El film tiene un tono minimalista (como la música de James Newton Howard que acompaña el metraje), y esa falta de estridencias hollywoodenses ayuda a que nos tomemos la cosa en serio. Tampoco es la brillantez que muchos decían, pero es ciertamente una buena película. 7 Aires.

-“Las crónicas de Narnia: el príncipe Caspian”: salvo por la confrontación final, la primera parte de esta saga no estaba mal. Esta secuela no sólo es mejor sino que es realmente un muy buen film de aventuras. Como en la anterior, hay pocas estupideces de blockbuster, no hay un montaje frenético imposible de seguir, y las actuaciones de los jóvenes protagonistas son sobrias, pero además esta vez el argumento es más “clásico”, si se quiere, permitiendo disfrutar del film de manera más simple y directa, como si fuera una película de fantasía de las que veíamos cuando éramos chicos. 7 Aires.

-“Hulk, el hombre increíble”: la versión de Ang Lee de la clásica historieta del científico afectado por rayos gamma que se vuelve un monstruo verde cada vez que se estresa era una gran película, pero era tan distinta de lo que uno esperaría al ver un film de superhéroes (y era tan innovadora estéticamente) que será por siempre incomprendida. Por eso, en vez de hacer una secuela los capos de Hollywood decidieron hacer otra historia partiendo otra vez desde un “punto cero”, con nuevo director y elenco, para borrar cualquier filiación con el film anterior. Como era de esperar, el resultado es una película más “normal”, con una primera mitad aceptable y una segunda que se desbarranca por el abuso de efectos especiales exhibicionistas. Además, el personaje de Liv Tyler (que en la versión de Ang Lee hizo la perfecta Jennifer Connelly) está aquí muy desdibujado, sobre todo cuando de un momento para el otro deja a su novio sin darle ninguna explicación y se decide a seguir al protagonista. 5 Aires, aunque sea por el clasicismo de su primera mitad.

-“Kung-fu panda”: siempre digo que Dreamworks hace films animados gritones, atolondrados, colmados de referencias poco imaginativas a otras películas y con poca preocupación por dotar de verdadera vida a sus personajes y pasión a su narración, a diferencia de los films animados de Disney y Pixar. Teniendo en cuenta eso, esta película de Dreamworks parece acercarse un poco al molde Disney. Un oso panda con la voz de Jack Black sueña con ser un capo de las artes marciales y se ve envuelto en aventuras acordes a su sueño. Esta vez no hay un cúmulo de personajes histéricos o alocados, sólo lo es el protagonista, pero como tiene la voz y actitud de Jack Black, le creemos y le perdonamos todo. 6 Aires.

-“Super Agente 86”: Steve Carrell es el actor ideal para llevar al cine la serie de TV sobre Maxwell Smart, el temible operario del recontraespionaje. Y Anne Hathaway está increíblemente sexy como la 99, su compañera de misiones. La película no tiene el espíritu de la serie (lo cual no está mal), sino que resulta un “equivalente actual” de ella. Hay algunos buenos gags y dos protagonistas creíbles, pero no demasiado más; nadie diría que está entre los mejores films que mezclan espionaje y humor. 6 Aires.

-“El fin de los tiempos”: después de las brillantes “Sexto sentido” y “El protegido”, M. Night Shyamalan hizo tres films que tuvieron una recepción cada vez peor de público y crítica: “Señales”, “La aldea” y “La dama en el agua”. Si bien comparto algunas de esas críticas, me seguían pareciendo films personales, no complacientes y lo suficientemente interesantes para considerarlos valorables. Y con “El fin de los tiempos”, estoy de acuerdo con muchas reseñas que señalan que volvió a su mejor nivel. Un misterioso y silencioso apocalipsis acecha a la raza humana, y eso da pie para generar una tensión al estilo del Hitchcock de “Los pájaros”. Lamentablemente, muchos no aprecian ese manejo de la puesta en escena y además consideran que las actuaciones de Mark Whalberh y Zoey Deschanel son malas, sin darse cuenta de que responden al estilo y al ritmo del film. 8 Aires.

-“Wall-E”: si a los estudios Pixar les faltaba demostrar algo, con “Ratatouille” quedó claro que los tipos se preocupan por lograr obras maestras completas, no sólo en los aspectos técnicos sino también en el guión, el ritmo y las actuaciones (sí, hay actuaciones en los films animados). El equivalente del 2008 fue “Wall-E”; como aquel film, éste también es considerado por muchos no sólo uno de los mejores films animados de la historia sino también una de las mejores películas en cualquier género. La historia futurista de un enamoradizo robot encargado de limpiar un devastado planeta Tierra tiene una primera mitad que muestra con maestría cómo se puede narrar, hacer reír y emocionar casi sin palabras. La segunda mitad se vuelve más tradicional, pero aún así el film no baja su nivel en ningún momento. Una mezcla de E.T. y Cortocircuito, Wall-E es uno de los personajes del año. 10 Aires.

-“Batman, el caballero de la noche”: por varios motivos, la película más esperada del año: por un lado, era la secuela de la valorada “Batman inicia”, además reemplazaba a la insulsa Katie Holmes por la gran Maggie Gyllenhaal, agregaba al reparto a Aaron Eckhart en un mítico rol y contenía la última actuación del fallecido Heath Ledger, que, aunque no hubiese muerto, habría recibido las mismas loas por su perfecta caracterización de un desquiciado y terrorífico Guasón. Todas esas expectativas se vieron cumplidas: a pesar de que la película tiene varios errores de guión, su ritmo y su uso preciso y medido de los recursos envuelven al espectador en la historia, que, como dijo su director, tiene ecos del policial “Fuego contra fuego”, ya que se siente más como una película que muestra las diferentes maneras de combatir al crimen que como un film de superhéroes. Además de Ledger y Eckhart, se lucen especialmente Michael Caine como Alfred y Gary Oldman como Gordon. Quizás le sobran diez minutos, pero alcanza unos dignos 8 Aires.

-“Hancock”: otra vez Will Smith haciendo de Will Smith. Eso a veces funciona y a veces resulta en desastres; por suerte, acá nos encontramos con el primer caso. El trailer del film nos hacía creer que se trataba de un superhéroe que anda siempre borracho y ocasiona más problemas que soluciones al realizar sus hazañas. Pero ése es sólo el punto de partida; en su segunda mitad, esta película cambia el tono y deja de ser una simple comedia para enseriarse un poco. Muchos opinarán que fue un mal cambio de rumbo, pero yo creo que el error está en las promociones del film (que apuntaban a los chistes obvios para atraer público). Realmente disfruté el conflicto generado y la empatía lograda por el reparto, que incluye a Jason Bateman (de quien soy fan a partir de haber descubierto la serie “Arrested development”) y Charlize Theron, que por una vez me cayó bien. 7 Aires.

-“Extranjera”: como “La rabia”, éste es otro film argentino prestigioso que recibió buenas críticas pero no me llegó en lo personal. Estrenado en el Malba, el segundo largometraje de Inés César de Oliveira (de quien me encantó “Como pasan las horas”) traslada el núcleo de la obra “Ifigenia en Aulide” de Eurípides al interior de la Argentina (puntualmente, las sierras cordobesas). No alcancé a maravillarme por la sequedad que proponía el film ni por la fotografía, y el conflicto me pareció muy distante. Como con otros films alejados del mainstream (algunos de los cuales disfruto mucho), celebro que exista esta película pero ojalá me hubiera gustado más. 5 Aires.

-“Viaje al centro de la Tierra”: filmada para ser vista en 3-D, esta película se estrenó en Argentina en “dos dimensiones”, lo cual fue un desperdicio de algunas grandes escenas. Además se estrenó en castellano, pero el doblaje era aceptable. En conclusión, esas dos grandes contras no impedían que el film fuera disfrutable, y lo era por estar realizado con cierto sentido del clasicismo, como si estuviéramos viendo una de esas viejas películas de Sábados de Super Acción. Simplemente había que dejar de lado la novela de Julio Verne y dejarse maravillar. 7 Aires.

-“La momia: la tumba del emperador dragón”: a pesar de lo que muchos digan, los dos films anteriores de la saga, dirigidos por Stephen Sommers, estaban hechos con un sentido de diversión que los hacía nobles y disfrutables. Pero acá la cosa se fue al demonio. Sommers se fue de la saga y también la gran Rachel Weisz; en su lugar pusieron a Maria Bello, que en otros films está muy bien pero aquí tiene cero química con el protagonista Brendan Fraser… quien, por otra parte, parece estar en piloto automático. Y lo mismo el film: ya no hay más frescura sino puros efectos digitales obvios y feos (y hasta desaprovechan a Jet Li; podrían usar su experiencia en artes marciales para alguna buena secuencia física de pelea cuerpo a cuerpo pero sólo lo transforman ridículamente en monstruos generados por computadoras). Lo único rescatable del film es el humor que destila John Hannah, pero no alcanza para elevar la película más allá de los 4 Aires.

-“Star wars: clone wars”: hace unos años hubo una interesante serie de animación artesanal (es decir, “a mano”) que narraba los hechos bélicos que ocurrían entre los episodios 2 y 3 de la saga de “La guerra de las galaxias”. Ahora, a George Lucas se le ocurrió volver a contar esas guerras pero con animación digital, y abrir esta nueva serie con un film que se proyecte en cines. Pero aquí la animación está pésimamente lograda: los robots, ambientes y naves espaciales se ven muy bien, pero los personajes no tienen expresión ni espontaneidad, y eso se contagia a los parlamentos, bastante mal “actuados”. Si la serie es como este film introductorio, Lucas la volvió a pifiar. 4 Aires.

-“Muerte en la granja”: con un espíritu y una estética bastante similares a los del primer film de Peter Jackson (“Mal gusto”), un compatriota neocelandés se mandó un pequeño gran film de terror con mucho humor negro y fabulosamente entretenido. Con personajes ridículos pero creíbles, es sorprendente pensar que éste sea el primer film de terror de la historia en el que la amenaza sean… ovejas. Ochentosa en el mejor sentido de la palabra. 8 Aires.

-“Se busca”: basada en una historieta, esta fallida película cuenta la historia de un perdedor reclutado por una organización de asesinos a sueldo que recibe instrucciones del siempre solemne Morgan Freeman y de un telar cuyos tejidos deben ser interpretados para saber quién debe ser la próxima víctima (que, en teoría, es siempre alguien cuya desaparición “le hace bien al mundo”). La mayor atracción del film son sus exageradas escenas de acción (que no están mal) y Angelina Jolie como la reclutadora. Lo ridículo (y éticamente cuestionable) es que estos asesinos sólo se cuestionan su misión cuando piensan que el telar puede estar siendo manipulado o mal interpretado. Pero hasta ese momento… obediencia debida. Encima el final parece expresarles a los espectadores que si no están “rebelándose” como el protagonista (agrediendo a sus jefes, ex-parejas y otras personas desagradables que hayan conocido) están perdiendo el tiempo. 4 Aires.

-“La mujer sin cabeza”: esperadísimo tercer largometraje de Lucrecia Martel (“La ciénaga”, “La niña santa”), que está a la altura de las expectativas, es decir, es tan perfecta, misteriosa y árida como uno podría esperar (de hecho, casi se podría decir que al lado de ésta, “La ciénaga” es una película “ágil”). María Onetto tiene su merecido protagónico haciendo de una mujer que cree atropellar a algo o alguien en la ruta, y esa duda la carcome durante el resto del film. Como en su filmografía previa, Martel presta atención al sonido, al habla de las personas que retrata y al mundo que las rodea, todo con un estilo visual milimétrico pero no pretencioso. 9 Aires.

-“Rec”: al entrar en la sala cometí el error de sentarme aproximadamente en la fila del medio, y en este film había que estar lo más alejado posible de la pantalla, ya que se trata de otro caso de supuesto “found footage”, es decir, lo que muestra la película es lo que uno de sus personajes filma en su cámara, pero esta vez, a diferencia de “Cloverfield”, el resultado sí marea. Sumemos a esto que el género aquí es terror puro, y tenemos como conclusión que casi me dieron ganas de vomitar, pero no sucumbí. De hecho, más allá de ese mareo pasajero, pude disfrutar del film, que logra lo que se propone: aterrorizar con la historia de una reportera que acompaña a unos bomberos a un edificio en el que se desatará un desastre “contenido desde afuera” pero espeluznante para los que lo viven (y para los espectadores). Con una duración que no se extiende más de lo debido (menos de una hora y media), la película tarda un poco en agarrar vuelo porque al principio todo es “normal” y los personajes no logran interesar, pero luego el film agarra a los espectadores y los lleva de aquí para allá en un ambiente claustrofóbico que culmina en unos últimos quince minutos realmente tensionantes. 8 Aires.

-“Control total”: Sheia LaBeouf y D.J. Caruso, protagonista y director del éxito del 2007 “Paranoia” (modesto y buen thriller), se unen nuevamente para otro homenaje a Alfred Hitchcock. Si antes fue un film que citaba desde su premisa a “La ventana indiscreta”, aquí se trata de una aventura que hace referencia a esos films de espionaje donde un hombre inocente se ve envuelto en una trama que lo supera, como “Intriga internacional”, “Los 39 escalones” y “El hombre que sabía demasiado”. Una extraña voz femenina que parece controlar gran parte de los recursos yanquis (aviones, teléfonos, semáforos, etc) obliga por teléfono a nuestro héroe y a la coprotagonista (Michelle Monaghan) a seguir sus instrucciones, que tienen que ver con conspiraciones políticas. Típico blockbuster de los que logran cumplir su cometido de entretener. 7 Aires.

-“Yo soy sola”: la vi en un preestreno en el Malba, y fue sorprendente lo decepcionante que resultó este film nacional. Dividido en cuatro historias protagonizadas cada una por una actriz distinta, la película es esquemática y poco interesante, casi a la manera de los malos films argentinos de la década del 80 y comienzos de los 90s. Se salva Eugenia Tobal por su carisma, pero no hay mucho más. 4 Aires.

-“Historias extraordinarias”: estrenada en el Malba en proyección digital, esta película fue alabada como un ejemplo de cómo se puede hacer un film argentino épico, ambicioso, sin estrellas, sin apoyo económico de fuentes oficiales, filmado en las afueras de la periferia y con una pátina de “alta cultura” (dura cuatro horas, narra muchas historias y tiene constantes voces en off) que sin embargo no desentona con su afán popular y aventurero. Por suerte el director aclaró que no es su intención alzarse como una bandera a seguir, y si así fuera sería imposible: el film es único en la mezcla de los aspectos ya mencionados y en la experiencia de presenciar historias narradas con prosa cuasiborgeana que son un compendio entre las aventuras de la colección Robin Hood que leíamos cuando éramos chicos y las tramas complejas de cualquier gran novelista del siglo XX. Es bueno que exista una película con una ambición tal que uno pueda referirse a ella como el equivalente al “Adán BuenosAires” o “Rayuela” en cine (y también es bueno que tenga dos intervalos en el medio de esas cuatro horas). 10 Aires.

-“Hellboy II: el ejército dorado”: esta continuación es bastante mejor que el primer film de la saga. Guillermo del Toro sigue mostrando un gran amor por sus personajes, por todo lo monstruoso y marginal y por los efectos especiales artesanales por sobre los digitales (eso no quiere decir que en el film no haya efectos digitales, sino que están usados con criterio y de manera tal que todo se sienta corpóreo, como bien sabe hacer Spielberg). En esta secuela, al secundario de Sapien le llega su etapa romántica, tanto como para cantar borracho junto con Hellboy la versión de Barry Manilow de “Can’t smile without you” (gran momento). Una película guionada y actuada con criterio y con amor por el cine de género, cosa que se nota también en la inclusión de ese gran nuevo personaje cuasiinvisible de Johan Krauss. 8 Aires.

-“Espejos siniestros”: el hecho de que Kiefer Sutherland haya obtenido la popularidad que se merece con su gran protagónico en la serie “24” no significa que haya que perdonarle sus malas decisiones cinematográficas; en esta remake de un film oriental de terror, el tipo pone empeño pero no puede salvar un argumento bastante arbitrario y rutinario. Y eso que el film está dirigido por Alexandre Aja, que supo hacer la gran remake de “The hills have eyes” y la hipervalorada “Alta tensión” (que no era gran cosa pero tenía estilo). Como el título nos avisa, los espejos acechan terroríficamente a Kiefer y sus seres queridos, dando lugar a sobresaltos obvios y frases tan ridículas como “Ten cuidado con el agua, puede crear reflejos”. Lo único rescatable es el uso de la obra musical “Asturias” de Albeniz en una versión propia de un film de horror; es tan buena que uno se pregunta cómo no se le ocurrió a nadie antes versionarla de esa manera. Pero de todos modos el film se queda en 4 Aires.

-“Entre la vida y la muerte”: otra de las decepciones del año. Ed Harris vuelve a dirigir y protagonizar una película, en este caso un western en el que lo acompaña el gran Viggo Mortensen, y donde además se hacen presentes Rennee Zelweger como “la chica” y Jeremy Irons como “el villano”. Con ese reparto y unas reseñas que hacían referencia al estilo de John Ford, todos esperábamos un gran western “al estilo de los de antes”. Sin embargo, nos engañaron: de tan “revisionista”, la película se vuelve casi aburrida y, si bien la interacción entre Harris y Mortensen es interesante, no logran que el film se eleve por encima de su (muy) bajo perfil. 5 Aires.

-“El extraño mundo de Jack 3-D”: la proyectaban doblada al castellano, pero obviamente había que ver en pantalla grande el reestreno de este mítico film de 1993 producido por Tim Burton y dirigido por el olvidado Henry Selick, más si se trataba de una versión en 3-D. A partir de esta experiencia descubrí por fin que una proyección digital puede ser respetable: la imagen se veía realmente bien, para nada pixelada, y daba para desear que ojalá hubiese más proyecciones digitales de esa calidad. Sobre la película no hay mucho nuevo para decir: es un exponente prototípico del estilo halloweenesco de Burton, con sus personajes festivos y marginales al mismo tiempo, y el 3-D no aporta demasiado (lo cual era de esperar, ya que el film no fue hecho originalmente en ese formato sino que fue retocado especialmente para este evento). 9 Aires.

-“Shara”: la revista sobre cine El Amante (en cuyas críticas confío bastante) venía diciendo desde el 2003 que esta película era una gran obra maestra, y que era una vergüenza que no se estrenara en la Argentina. Finalmente, lo hizo, y la expectativa estaba justificada. La historia de una familia en la que uno de los hijos desaparece misteriosamente está narrada con sencillez, humildad y un respetuoso pudor, y hacia el final incluye un desfile/comparsa que, bajo la lluvia y con toda la garra, desata la energía contenida en algunos personajes. 10 Aires.

-“Che (el argentino)”: finalmente llegó la esperada primera parte de la saga sobre el Che Guevara filmada por Steven Soderbergh y protagonizada por Benicio Del Toro. Como era de esperar, la experiencia está narrada con rigor, verosimilitud, respeto y hasta ascetismo; la película no sigue los cánones hollywoodenses ni en el idioma (el yanqui Soderbergh filmó todo de manera cuasidocumental, en la lengua que corresponde a cada momento, casi siempre castellano) ni en la descripción de los personajes, todos seres humanos con manías, aciertos y fallas, incluyendo al Che, en quien vislumbramos una persona normal y al mismo tiempo un héroe por el simple hecho de ser fiel a sus convicciones. A pesar de las reservas que me merecen ciertos films de Soderbergh como “Traffic” y “Erin Brockovich”, hay que admitir que el tipo se acerca a cada género que aborda con verdadero empeño e imaginación, y que ha logrado una película realista y no sensacionalista sobre un personaje mítico. 8 Aires.

-“Max Payne”: otro film basado en un videojuego, esta vez sobre un agente de la ley al que le asesinan la familia. A diferencia de “Hitman”, ésta al menos tiene un protagonista con carisma: Mark Whalberg. Pero igual no se logró una película que involucre demasiado al espectador. Hay una atmósfera dark pero eso no alcanza para darle personalidad al film, que por cierto parece estar filmado para fetichistas de las armas. 4 Aires.

-“Quantum of solace”: con el gran Mathieu Amalric como villano y la bella Olga Kurylenko como la chica de turno, muchos esperábamos que la nueva película de James Bond estuviera a la altura de aquel renacimiento que fue “Casino Royale”, que develó a Daniel Craig como un nuevo agente 007, más vital y oscuro que los anteriores. Y aquí el tipo vuelve a mostrar su increíble carisma, pero el film no funciona: pese a ser la película más corta de toda la saga, llega a resultar aburrida gracias a un guión casi confuso y varias escenas de acción filmadas con planos cortos y cerrados que no dejan disfrutar de lo que sucede (de todos modos, hay un par de escenas que sí se salvan). Esto no es lo que nos prometieron con “Casino Royale”, así que esperemos que la tercera vuelva al nivel de la anterior. 5 Aires.

-“Madagascar 2”: como casi siempre sucede con Dreamworks, este film animado es disfrutable pero olvidable con el paso del tiempo. Definitivamente mejor que la película anterior de esta saga, aquí se introducen algunos nuevos personajes pero lo mejor sigue siendo la performance de los pingüinos y el King Julian con la voz de Sacha Baron Cohen. Y lo peor sigue siendo la inclusión de esa viejecita molesta y atlética que no concuerda con el mundo que propone la película (al menos con el mundo de los seres humanos). Divertida y nada más. 5 Aires.

-“Planet terror: furia en la ciudad”: por suerte se terminó estrenando en cines una de las dos partes que conforman el díptico “Grindhouse”, homenaje de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino a los films bizarros de la década del 70 filmados con bajo presupuesto y poca vergüenza y exhibidos en pésimas condiciones en doble programa. En este caso se trata de la mitad correspondiente a Rodríguez, una película que nos da tiempo para encariñarnos con los personajes antes de enfrentarlos a un ejército de zombies de las maneras más insólitas. Los protagonistas son Rose McGowan, Freddy Rodríguez y la casi desconocida Marley Shelton como tres perfectos antihéroes, y en toda la película sobrevuela un humor lunático que de todos modos no le falta el respeto a los personajes, más bien referencia a las imaginativas ideas que tenían los films de género en aquella década. 8 Aires.

-“Rock n rolla”: siete años después de “Snatch, cerdos y diamantes”, vuelve a estrenarse un film de Guy Ritchie en la Argentina. Parecida a aquella en sus idas y vueltas y en el tono desfachatado con que describe las andanzas de un grupo de gangsters (hasta tiene una escena de baile que intenta ser tan mítica como la de “Pulp fiction”), la película resulta entretenida, aunque ese estilo “canchero y modernoso” puede tornarse un poco pretencioso (juro que la rima fue involuntaria). 6 Aires.

Sunday, November 23, 2008

Crónicas desde Vélez Sarfield (Queen en Buenos Aires)

Un profesor de la facultad dijo una vez: “Se puede entrar en Borges a través de Paulo Coelho, pero no a la inversa: no se puede leer a Coelho después de haber leído a Borges”. Del mismo modo, es posible que resulte difícil que alguien sienta fascinación por Queen si conoce la obra de monstruos como Bob Dylan, Tom Waits, The Who, Joni Mitchell o Lou Reed, pero lo opuesto no sólo es posible sino que es algo muy común en muchísimos argentinos que “descubrieron” la música a comienzos de los 90s. En ese entonces, muchos jóvenes empezamos a escuchar rock y pop a partir de la masividad que ganó Queen con la muerte de Freddie Mercury. Luego, a partir de Queen (y Guns N’ Roses, otra grupo popularísimo del momento), “entramos” a otros artistas, pero nos quedó ese amor por “nuestra primera banda”, ese sentimiento irracional de pertenencia a canciones que mantuvieron cierta magia en nuestra memoria. Y, si bien pasé a ser de la opinión de que mucho del Queen de los 80s es pura música FM que cualquier banda podría haber creado, siempre seguí opinando que en los 70s hacían un glam rock muy respetable y que, aún en los 80s, sus shows en vivo poseían una energía envidiable y demoledora. Es por eso que cuando me enteré de que los dos miembros activos de la banda en la actualidad se habían juntado con otro cantante y habían organizado una gira que incluía a Argentina, no lo dudé: encontrarme con esa parte de mi pasado, con ese “primer amor” musical, era una cita ineludible.
El lugar que elegí, campo vip, era ciertamente caro, pero tenía que vivirlos de cerca, y no era tan caro como los que estaban en sillas en el campo, que deben haberse sentido estafados al ver que los que pagaron menos, por estar parados, les tapaban la visión. Apenas llegué me posicioné a la izquierda de la pasarela, lo más cerca posible del escenario, y la espera fue amenizada por un Coro de Niños conducido por un tal Claudio (al que el público apodó Gepetto por su barba y anteojos), que interpretaron versiones instrumentales de “Oye cómo va/Mi pito” de Santana, “Yesterday” y “All my loving”, de los Beatles, y un popurrí de Queen que incluyó “We will rock you”, “Bohemian rhapsody” y “We are the champions”. En ese ambiente tan abierto era difícil apreciar la calidad de semejante ensamble (cincuenta músicos sin mucha amplificación que digamos), pero el público valoró el empeño y la onda y aportó su fanatismo coreando todo lo que sabía. La siguiente banda soporte (unos brit pop llamados Underdog, argentinos que cantan en inglés) tuvo menos suerte: les habría ido mejor en un ambiente más pequeño, y con un público un poco mejor dispuesto y no tan ansioso por ver salir a su banda. Encima, los tipos se presentaron diciendo “Somos Queen”; se imaginan que recibieron algunos insultos, ¿no?
Finalmente, media hora después de lo previsto (¿dónde quedó la puntualidad inglesa?), las luces se apagaron y la pantalla gigante se llenó de truenos, relámpagos, lluvia y un viaje por el espacio que culminaba en el planeta Tierra, mientras una voz en off decía frases relacionadas con el cosmos. La guitarra de Brian May interrumpió todo eso; los tipos ya estaban ahí, comenzando con “Hammer to fall”, y el público se vino abajo. Hay que decir que el micrófono del "nuevo cantante" Paul Rodgers no estaba del todo ajustado: su voz sonaba muy baja. Sumemos a esto que el tipo muchas veces no cantaba con toda la energía del mundo, y que el público coreaba absolutamente todas las letras que conocía, y tenemos este resultado: su voz casi era casi imperceptible. Y para mí eso estuvo bien, ya que había escuchado un álbum en vivo representativo de esta gira y no me había gustado del todo este cantante. Se preguntarán entonces por qué fui al recital; la respuesta, más allá del motivo nostálgico apuntado anteriormente, tiene que ver con el “sonido Queen”, que sigue presente más allá de quién sea el cantante, y además muchas canciones las cantan May y Taylor, cuyas voces sí me llegan. La cosa es que, terminado el primer tema, la banda se mandó con “Tie your mother down”, otro rock clásico imbatible que demostró a la banda lo que tanto sorprendió al cantante de Pearl Jam cuando vino a la Argentina: ¡el público canta hasta las partes de guitarra! Luego fue May quien entonó los versos iniciales sin acompañamiento de “Fat bottomed girls”. Lo de “sin acompañamiento” es un decir, ya que si conocen la canción sabrán con qué energía cantó el público el famoso “Aaaare you gonna take me home tonight?”.
Luego sonaron las inconfundibles líneas de bajo de “Another one bites the dust”. Como en esta canción hay un poco más de lugar para el juego vocal, aquí sí se escuchó más la voz de Rodgers, y yo confirmé mis impresiones previas. Y luego May volvió a guerrear con su guitarra unas líneas que derivaron en el comienzo de “I want it all”, una de las primeras canciones de Queen que me fascinaron allá por 1990. Con esta andanada de hits, el público deliraba y pogueaba como loco, tanto que las primeras palabras de May (en un español accidentado pero eficiente) fueron para decir algo así como “Tengo que pedirles un favor… parece un poco peligroso desde acá… traten de tener un poco de calma y no venirse tan para adelante”. Todos aplaudieron esta preocupación de May por el público, aunque el pogo no se detuvo, ¿y cómo lo iba a hacer si la siguiente canción fue “I want to break free”?. Un clásico, sí, pero nunca me sedujo tanto como a otra gente.
A continuación vino un “descanso de clásicos”, es decir, sonaron dos temas del nuevo disco: “C-lebrity” y “Surf’s up… school’s out”. Nada memorables, pero con algún riff de guitarra que los fans ya tenían aprendido. Luego quedó bien al frente la voz de Rodgers, quien se acompañó con guitarra acústica para hacer “Seagull”, un clásico suyo de los tiempos en que era el cantante de Bad Company. De hecho, mientras sonaba la canción, las pantallas mostraban imágenes de toda la carrera de Rodgers, incluyendo fotos de cuando era un joven pelilargo que formaba parte de las bandas Free, The Firm y The Law. Ésta fue la interpretación vocal de Rodgers que más conforme me dejó. Pero terminado este segmento, se vino lo mejor.
Brian May se vino a la pasarela que se adentraba en el público, mientras yo me adentraba entre el campo para estar lo más cerca posible de ese sector. Nuevamente en español, expresó que era un honor volver a estar en Argentina, dijo “hola a nuestros viejos amigos y hola a nuestros nuevos amigos” y dedicó el siguiente tema a “alguien que no puede estar aquí con nosotros”, obviamente Freddie Mercury. Y sí, tocó “Love of my life”, en la memorable e inolvidable versión acústica que todos conocemos. La voz de May sonó conmovedora, dándole, si se quiere, más emotividad a la canción que si la hubiera cantado el propio Mercury. Luego se vino Roger Taylor con un timbalcito y se sentó junto a May, quien dijo que iban a hacer “un viejo tema folk”. Los fans más acérrimos del álbum “A night at the opera” deliramos, porque lo que sonó fue “39”. Y al llegar el estribillo, viendo que gran parte del público sabía la letra y la coreaba con alegría superlativa, May y Taylor dejaron de cantar y se quedaron quietos observando. Finalmente, aplaudieron y May dijo “Está muy bien… pero necesitamos más músicos”, y se vinieron el bajista, el otro guitarrista y el tecladista (una mezcla de Mark Knopfler y Peter Gabriel). Sí, cinco tipos parados en el borde de esa pasarelita haciendo “39”, lo cual fue mágico. Al terminar se fueron todos salvo Taylor y el bajista, que se mandaron un curioso y exhibicionista experimento: el bajista mantenía presionadas las cuerdas de su instrumento y Taylor golpeaba, sacando de esta manera las bases rítmicas de temas como “Another one bites the dust” (que ya había sonado) y “Under pressure” (que esperanzó al público haciéndonos pensar que se venía esa canción, pero no). Luego se fue el bajista y Roger se puso a tocar su timbalcito mientras un técnico le iba alcanzado las diversas partes de su batería, y a medida que lo hacía, la cantidad de platillos que Taylor tocaba iba en aumento, hasta tener toda la batería armada ahí enfrente nuestro, a dos metros nomás. Ya me palpitaba lo que se venía, y se me hacía agua la boca; en efecto, desde el escenario principal, Brian May tocó en guitarra el comienzo de “I’m in love with my car”, una de las canciones del repertorio de Queen que siempre cantó Taylor. Y la versión sonó con toda la fuerza de su voz guerrera y disfónica, tal como en el disco de hace 33 años.
Y ya que estaba como centro del espectáculo, Taylor siguió siendo la voz principal en el siguiente tema, nada menos que “A kind of magic”, también de su autoría. Luego volvió May a sentarse nuevamente junto a Taylor y dijo “Ustedes saben qué quiere decir esta próxima canción… las palabras de amor”. Y sí, lo sabíamos, sabíamos que “Las palabras de amor”, canción con nombre en español y dos frases en castellano había sido escrita en 1982, luego de la visita de la banda a la Argentina, quizás para mandar un mensaje de unión entre los dos países a pesar del conflicto de Malvinas. Podía haber supuesto que lo iban a tocar esa noche. Finalmente, Taylor empezó a entonar los versos de la mejor de las nuevas canciones de Queen: el lento y esperanzador “Say it’s not true”, cuya segunda estrofa canta May. Y para la tercera estrofa volvió Paul Rodgers; fue un símbolo de que “el hechizo había terminado”, ya que, en efecto, fue el último tema que hicieron posicionados en ese lugar de la pasarela adentrado en el público.
Lo que siguió fue “Feel like makin’ love”, otro tema de la ex banda de Paul Rodgers Bad Company. Y luego vino “We believe”, del último disco: créanme que he visto tantas alusiones a Barack Obama en los últimos meses que ya no recuerdo si aquí también pusieron una imagen suya o si lo estoy imaginando. Luego se fueron todos del escenario y Brian May empezó a pasearse de aquí para allá mientras hacía su clásico solo de guitarra distorsionado, también conocido como “Brighton rock”. Cerca del final del solo, se subió a una parte superior del escenario (básicamente al lugar donde estaba la pantalla) para que todos pudieran verlo en pose mítica, y dar lugar a “Bijou”, un tema casi instrumental excepto por unos pocos versos cantados originalmente por Freddie Mercury, y que aquí fueron reproducidos de la misma manera, es decir, con imágenes y voz de Freddie. Y esta parte cuasiinstrumental de May derivó en “Last horizon”, un tema solista de May con una melodía incluida originalmente en el primer álbum de Queen.
Luego volvió toda la banda y sonaron los acordes de “Under pressure”… y esta vez no fue un amague, la canción pasó enterita ante nosotros, con el bajista haciendo las partes vocales que hacía David Bowie como invitado en la versión original. Durante este tema escuché a alguien del público decirle a su acompañante “¿Te das cuenta de lo que estás escuchando?”, y ésa parecía ser la sensación general de todos los presentes. Siguiendo con temas míticos, llegó “Radio Ga Ga”, y sí, todos hicimos los movimientos de brazos que se ven en el videoclip de la canción y en todos los recitales que alguna vez vimos por televisión. No cantaron la segunda estrofa, pero la canción no pareció más corta por eso. Y luego Rodgers se colgó la guitarra y se mandó con “Crazy little thing called love”: después de tanto pogo catártico, que sonara un tema “bailable” al estilo del rock and roll más clásico fue raro y casi gracioso. Pero lo que vino después no fue gracioso: nada menos que la intro tecladística de “The show must go on”. Una vez más, el canto del público se escuchó más que el de Rodgers, y bien que estuvo. Luego volvió a aparecer Freddie Mercury en la pantalla; mientras sonaba una grabación suya de una versión en vivo de “Bohemian rhapsody”, los músicos en el “presente” lo acompañaban, hasta llegar a la parte operística, donde, como en las viejas épocas, sonó la grabación original (el público, por supuesto, no dejó pasar la oportunidad de gritar a viva voz “Mama mia, mama mia, mama mia, let me go”). Luego, para la parte rockera, Rodgers sí se atrevió a reemplazar a Freddie Mercury, y en la parte final hicieron una suerte de dueto, Rodgers desde el presente y Freddie desde la pantalla. Final apoteótico con la clásica línea “Anyway the wind blows”, y la banda dejó el escenario.
Pero obviamente volverían, esta vez con camisetas argentinas. Hicieron “Cosmos rockin”, otro rockito con pasta de semiclásico del nuevo álbum, que fue seguido por “All right now”, tema de cuando Paul Rodgers formaba parte de Free. A pesar de ser un tema conocido, la gente ni lo coreó; el fervor del público sólo volvió cuando la batería de Roger Taylor le hizo saber al público que estaba sonando nada menos que “We will rock you”… y otra vez las inevitables palmas. Y, como ya todos sabemos de memoria, después de este tema se viene el final con “We are the champions”, que, teniendo en cuenta su estatura mítica, sonó bastante humilde. Y ahí sí, la banda se acercó al público a saludar mientras sonaba “God save the Queen”, el himno inglés en versión de… Queen.
Y chau. Una treintena de temas a lo largo de dos horas y media, una sucesión de momentos míticos y la emoción de tenerlos a May y Taylor ahí, a tres metros, pudiendo ver sus gotas de transpiración y el agradecimiento en sus rostros al ver tanta pasión por parte del público. Una noche para atesorar.

Sunday, November 09, 2008

Crónicas desde el Torcuato Tasso (Pablo Dacal en vivo)

Después de más de un año sin ver un concierto de Dacal, finalmente pude convencer a dos amigos del trabajo y la novia de uno de ellos de ir a verlo al Torcuato Tasso el jueves 30 de octubre. No sería un recital de Dacal en solitario, sino uno compartido con Manuel Onis, que no me interesaba tantísimo pero bienvenido sea. Lamentablemente uno de mis coworkers anduvo con dilemas de salud esos días y tuvo que desistir junto con su novia, así que del laburo sólo pudo acompañarme el otro, un venezolano-canadiense a quien llamaremos Willem para respetar su intimidad. Y como entonces me vi con dos lugares libres en nuestra mesa, hice algunos llamados y milagrosamente pude convencer a una gran amiga y su no menos copada hermana, a quienes llamaremos Ludmila y Mary Ann. Quedamos en encontrarnos con ellas en la zona alrededor de las nueve: con el Torcuato Tasso nunca se sabe a qué hora empieza el recital, pero sospechábamos que no sería puntual.
En efecto, así fue: Willem y yo entramos pero el lugar estaba vacío y Dacal estaba ensayando. Así que salimos para hacer tiempo y aprovechar para cenar algo por ahí y “descubrir” la zona (Willem no había ido nunca, yo sí pero no muy seguido, y el Parque Lezama y sus alrededores siempre son interesantes). Finalmente nos encontramos con las muchachas y nos dirigimos al local: a pesar de no figurar nuestra reserva, nos dieron una mesa muy buena, y en el tiempito que pasó hasta que empezara el concierto, nos fuimos encontrando con conocidos y conocidas, al mismo tiempo que vislumbrábamos que el lugar se llenaba de gente que incluía a músicos del mismo “movimiento” de Dacal, como Alvy Singer y Tomi Lebrero, que terminaron sentados al lado nuestro. Como la información promocional avisaba que en el recital habría invitados, supusimos que ellos subirían al escenario en algún momento, pero no fue así: simplemente fueron por camaradería, supongo, y para pasar un buen rato, como nosotros.
Una hora después de lo avisado en la página web subieron los músicos. El recital empezó con “Quiero verte hoy”, la canción que abre el disco que presentaba Onis. Y con la potencia del vivo y el acompañamiento de Dacal sonó mucho mejor en vivo que en estudio. Luego se fue Dacal y quedó sólo Onis con su banda, que en esta ocasión incluía a Alfonso Barbieri, el acordeonista y cofundador de Los Cocineros. Entre las canciones que interpretaron hubo algunos temas del disco, como “Canten”, “Portugal” y “Fondo de Omar”, y un par de covers: “2001” (de Os Mutantes, aquella banda brasilera donde empezó Rita Lee) y “Lo’ dedo negro”, del mítico uruguayo Eduardo Mateo. Salvo algún que otro tema, el segmento de Manuel Onis no nos fascinó demasiado; me gusta que exista este tipo de música, sólo que la voz de Onis no nos llegó a nuestro interior de la misma manera catártica que logra Dacal, y sus melodías tampoco nos “movieron el alma”.
Finalmente, Pablo Dacal volvió a subir al escenario como invitado en “Enterrada”. Y luego, antes de comenzar el segmento específico de Dacal, ambos músicos hicieron subir a “un gran músico argentino, que formó parte de las bandas Don Cornelio y La Zona y Los Visitantes”. Obviamente, se referían a Palo Pandolfo; su inesperada presencia nos sorpendió a todos. Y cuando sonó la frase “Te estoy esperando ansiosamente…”, todo el local reconoció la canción, aunque muchos no nos acordábamos el nombre: era la gran “Antojo”, del primer disco de Los Visitantes. Palo Pandolfo al micrófono mostró su conocido histrionismo y expresividad, cosa que se hizo más patente todavía con la siguiente canción, la conmovedora “A través de los sueños”. Escuchar los lamentos de la parte sin letra del tema entonados por Pandolfo, Dacal y Onis era algo que casi ponía la piel de gallina. Finalmente, se fue Onis del escenario y quedaron sólo Dacal y Pandolfo para hacer “Zamba del fin del mundo”, uno de los tantos temas del último disco de Dacal que tienen toda la pasta para ser clásicos instantáneos, con momento para silbar incluido. A continuación Pandolfo abandonó el escenario y quedó sólo Dacal para hacer un gran cover de Atahualpa Yupanqui: “El árbol que tú olvidaste”. De ahí en adelante, varios músicos lo acompañaron en lo que quedó del recital, y lo extraño fue que tocaban instrumentos típicos de una banda de rock (cosa rara para este artista): guitarra eléctrica, bajo y batería (además de un piano, que era algo más esperable). De manera que lo que en cualquier recital sería normal, aquí fue especial, y pudimos escuchar con “formación de rock” algunos hitos de Dacal como “Todo o nada” o “Amor es un monstruo”, que definitivamente sonaba muy diferente de esta manera (me tomo el atrevimiento de decir que me gusta más la versión acústica de este último tema). Del álbum “La era del sonido”, además de la ya mencionada “Zamba del fin del mundo” sonaron “La guitarra y el bolsón” y “El mundo del espectáculo”, durante la cual los instrumentos de viento fueron reemplazados por los coros espontáneos de parte del público. En resumen, de su último disco Dacal eligió los tres temás más “instantáneamente hiteros”, lo cual fue una buena muestra para mis tres acompañantes, que todavía no habían escuchado el disco.
Además sonaron en el recital dos temas que yo no conocía: “De pie” y “El mundo es una canción”. Y por suerte Dacal retomó un cover que lo vi interpretar hace un par de años: “Mandolín”, del fallecido uruguayo Gustavo Pena, alias “El Príncipe” (“una pena que nos haya dejado”, dijo Dacal). Para finalizar, volvieron a subir al escenario Manuel Onis y Palo Pandolfo, y Pablito Dacal hizo referencia a que se estaban cumpliendo 25 años de la vuelta de la democracia al país, motivo por el cual cantarían una canción que tenía que ver con eso. Y lo que sonó fue, una vez más, otra sorpresa: “No llores por mí, Argentina” de Serú Girán.
Y ahí terminó todo. Media hora de Onis, una hora de Dacal: en total fue una hora y media que se pasó muy rápido, y nos quedamos contentos y con ganas de bises. Como no hubo ninguno, en compensación me acerqué al escenario y me llevé la lista de temas de ambos músicos, repitiendo la acción que efectué hace dos años cuando vi a Me Darás Mil Hijos en el mismo lugar. Así que después de unos minutos de “after show” nos fuimos, reafirmando algunos (inaugurando otros) nuestro gusto por este “almagrense de nacimiento, rosarino por elección” (según Fito Páez). Hasta el próximo post, y, como diría Dacal: “¡Salut!”.

Tuesday, March 18, 2008

Crónicas desde Vélez Sarfield (Bob Dylan en Buenos Aires)

Sábado 16 de marzo de 2008, 20 horas, estadio de Vélez Sarfield. El telonero de la noche es León Gieco, según muchos el “Bob Dylan argentino”, aunque los que dicen eso parecerían basarse solamente en el hombre que cantaba canciones de protesta entre 1962 y 1965. Pero Dylan tuvo cuarenta años más de carrera; si quisieran poner en el escenario a un verdadero equivalente argentino deberían haber puesto a Andrés Calamaro, alguien mucho más dylaniano por sus canciones sobre amores torturados, sus repentinos autoexilios, sus rimas imaginativas, su voz destrozada y de inflexiones juguetonas al mismo tiempo y su rescate de la canción popular (sin que “popular” signifique sólo “folk”).
Pero bueno, estuvo Gieco, y no estuvo tan mal. Como homenaje a la canción latinoamericana interpretó buenas versiones (varias de ellas acompañado por la banda Aca Seca Trío) de “Como la cigarra” de María Elena Walsh, “Maturana” de Cuchi Leguizamón, “Los chacareros de Dragones” (un legendario tema propio dedicado a Víctor Jara), “Cuando llegue el alba” de Jorge Cafrune, “Zamba por vos” de Alfredo Zitarrosa, “A nuestros hijos” compuesta junto a Iván Lins, “Casamiento de negros” de Violeta Parra y “La guitarra”, letra inédita de Atahualpa Yupanqui que Gieco musicalizó luego de su muerte (al introducir este tema se mandó una fea, ya que dijo que era una suerte haber compuesto un tema con Yupanqui, y eso es lisa y llanamente falso; como lo que digo no es ninguna pavada, si alguien tiene datos que prueban que estoy equivocado, hágamelo saber). En el medio hizo subir a Gustavo Santaolalla: gran sorpresa (mi amigo Mr. Cínico, sentado al lado mío, dijo “Uau, el ganador del premio de la Academia”). Juntos rememoraron la época del proyecto “De Ushuaia a La Quiaca” interpretando la bella “Canto en la rama”, una de esas canciones tradicionales recopiladas por Leda Valladares. Finalmente, Gieco entonó a capella “Cinco siglos igual”, que se grabaría para un CD a beneficio de las Madres de Plaza de Mayo, al igual que la siguiente canción: “La memoria”. El guiño fue que esta última la interpretó con un feeling muy “The freewhelin’ Bob Dylan”, o sea, con armónica, guitarra y un ritmo veloz, distinto al de la versión original y más similar al que nuestro visitante ilustre usaba en los 60s para hacer sus canciones de protesta. El público había recibido unos volantes con la letra de estas canciones, acompañadas por un texto “cuasisurrealista a lo Dylan” escrito por Gieco, con muchas faltas de ortografía (que quizás no eran de él sino del transcriptor). Finalmente, Gieco dijo algo así como que se tenía que ir yendo, pero que no podía desaprovechar el hecho de que dos grandes amigos estuvieran allí, y subieron al escenario Gustavo Santaolalla y Charly García. Muchos temimos por el comportamiento de Charly, pero éste dijo “Todo por Bobby…” y quedó claro que el “todo” incluía portarse bien. Sonó el inconfundible comienzo de “Pensar en nada” y el trío mítico jugó a ser un trío mítico teloneando a un artista mítico. Para despedirse hicieron la obvia: “El fantasma de Canterville”, que Charly compuso para que la cantara Gieco como parte del grupo Porsuigieco. Y chau teloneros.
Pasados cinco minutos de las 21:30 se apagaron las luces y sonó la voz grabada de un locutor cuasicircense que ampulosamente presentaba al Artista terminando con las ya míticas palabras: “Ladies and gentlemen - Columbia recording artist Bob Dylan”. Y salió nomás el Hombre de Negro con su Sombrero y sus Secuaces a tomar por asalto la noche. Los que estábamos sentados nos paramos aplaudiendo, por supuesto, y a continuación sonaron unos inconfundibles (para mí) golpes de batería: “PAPA PA-PAM PA-PAM…” y yo casi muero de emoción: era el comienzo exacto de “Blonde on blonde”, el primer disco de Dylan que poseí y escuché en mi vida. “¡¡¡Rainy day women 12 & 35!!!” le grité a Mr. Cínico, y sí, era esa nomás, con esas lúdicas notas circenses transformadas aquí en puro rock. Y por fin pudimos cantar con Dylan eso de “Everybody must get stoned”. Bueno, cantar es un decir: cuando Dylan quiere, entona como cualquier mortal, pero la mayor parte del tiempo no quiere, sino que hace una mezcla entre un canto “normal”, un recitado que se rastrea fácilmente en sus últimos discos y un fraseo imprevisible que hace que uno nunca sepa cómo va a interpretar cada canción.
De ahí en adelante, cada vez que la banda empezaba un nuevo tema, Mr. Cínico y yo tratábamos de resolver lo más rápido posible el enigma lostiano de comprender de qué canción se trataba, ya que sabíamos que en vivo Dylan deforma los temas haciéndolos casi irreconocibles (mucha gente sólo los reconoce al escuchar el primer verso, y otros sólo al llegar el estribillo). Debo decir que, salvo en dos casos en que no conocía tanto la canción en cuestión, no me resultó difícil reconocer los temas: siempre había cierta instrumentación, arreglos, cadencia o estructura reconocible para aquel que recordaba las versiones originales, de manera que resultaba claro de qué canción se trataba. Al menos para mí, que la mayoría de las veces me adelanté a Mr. Cínico: “¡Lay lady lay!” le grité al empezar el segundo tema, emocionado e intrigado porque nadie más parecía haberse dado cuenta. Pero luego cayeron, y todos nos preguntábamos felizmente cómo era posible que dos canciones tan míticas fueran los primeros temas del show, ya que habíamos ido resignados a escuchar cosas menos conocidas. Algo así sucedió a continuación: sonó “Watching the river flow” pero, aunque quizás muchos no la conocían, nadie se quejó, porque la entrega de Dylan y el poderío de la banda suplían cualquier posible desinterés que pudiese surgir. Esa banda era sublime; no puedo destacar el desempeño de ninguno en particular por sobre los demás, pero debo decir que el baterista era quizás el que más se lucía. Y cuando había algún solo de guitarra, la gente siempre aplaudía, pero no por el virtuosismo (ya que ningún solo resultó lo que se dice virtuoso), sino por la simple belleza de la música.
A partir de ahí, Dylan dejó la guitarra que había estado tocando y se puso paradito al teclado (lugar que no abandonaría en toda la noche) para hacer otro clásico absoluto: “Masters of war”. A esa altura, me acostumbré a lo inesperado, a una noche llena de hits. Esta versión me gustó definitivamente más que la original, ya que, con toda la instrumentación y la voz gastada de Dylan, se hacía más patente el tono sombrío y apocalíptico del tema, que en su época supo defenestrar Joan Baez porque incluía frases como “Espero que ustedes se mueran” y según ella eso es algo que ni siquiera hay que desearles a los fabricantes de armas.
A continuación vinieron canciones más modernas, empezando por dos de su último disco: el rock “The leeve’s gonna break” y la plácida (y favorita en mi último ambiente de trabajo) “Spirit on the water”. Así es, pudimos escuchar en vivo frases como “I can’t go back to paradise no more, I killed a man back there…”. Y pudimos escuchar a Dylan en armónica, algo mítico y hermoso que se repetiría durante toda la noche. Luego vino una favorita personal de Mr. Cínico (quizás por eso él la reconoció antes que nadie): “Things have changed”, compuesta para la brillante comedia de Curtis Hanson “Wonderboys” (estrenada aquí como “Fin de semana de locos”). Pero, en una noche llena de emociones, esa interpretación nos resultó la menos interesante. Como dato curioso, el Oscar ganado por ese tema reposaba sobre uno de los parlantes, aunque no me percaté en el momento sino que lo leí en otras críticas. Después Dylan volvió a su último álbum para hacer “Workingman’s blues 2”: sorpresivamente, fue muy ovacionada por el público, que aplaudía al finalizar cada estrofa (no es un superhit, así que sólo supongo que los emocionó la belleza de la canción en sí). Pero lo siguiente sí fue un superhit: empezó a sonar “My back pages” pero sin letra, solo instrumental, y cuando yo ya estaba por extrañar las figuras de los que lo habían acompañado a Dylan en esa gloriosa versión del recital por su trigésimo aniversario con la música (George Harrison, Tom Petty, Roger McGuinn, Eric Clapton y Neil Young), los músicos sacaron de la galera un famoso riff que transformó el tema en una versión IN-CRE-Í-BLE de “Just like a woman”. Como en todas las canciones coreadas por el público, resultaba gracioso escuchar cómo la gente entonaba el estribillo y Dylan recién cantaba cada verso después de que el público lo hiciera, a su particular ritmo. Como sea, ese tema fue de lo más aplaudido de la noche.
El tema siguiente fue “Honest with me”, otra muestra de sus últimos álbums, que fue seguida por la bella y lenta “When the deal goes down”. Y luego vino una DE-MO-LE-DO-RA versión de “Highway 61 revisited”, cuyo original nunca me gustó del todo debido a unos sonidos circenses que por suerte estaban ausentes en vivo. En esta canción, más que nunca en todo el show, la banda la rompió. Para contrarrestar tamaña energía, Dylan volvió a los lentos, esta vez con la bellísima “Nettie Moore”, otro punto alto de la noche. Era muy conmovedor escuchar cómo de repente el público empezó a hacer palmas siguiendo el ritmo reposado y marcial (nada “populero”) de la batería; esos sonidos retumbando en todo el estadio ponían la piel de gallina, igual que la canción, ideal para escuchar bajo esa luna que nos había acompañado desde muchas horas antes. Finalmente, llegó el turno de “Summer days”, último tema “actual” de la noche, ya que después sólo habría clásicos. Y el primero de esta última seguidilla fue “Like a rolling stone”. Una vez más, gran parte del público sólo reconoció la canción cuando Dylan entonó el famoso “Once upon a time you dressed so fine…”. Ahí sí, se pararon todos (en consecuencia, nosotros también), y el estribillo (“How does it feel…”) fue el más coreado de la noche.
Al finalizar esa joya, la banda se fue del escenario por un par de minutos mientras nosotros nos preguntábamos cuáles serían los dos bises elegidos para cerrar la noche (sabíamos que Dylan hace 17 temas por show). Y mi sorpresa al volver la banda y comenzar el siguiente tema fue similar a la del comienzo, ya que sonó otro clásico de “Blonde on blonde”: “Stuck inside of Mobile with the Memphis blues again”. Esta fue quizás la canción que más demoró en “cazar” el público, pero cuando se dieron cuenta, nadie pudo resistirse al “Oh… mama… can this really be the end…”. Para terminar, un rasguido guerrero de guitarra y un telón con un extraño símbolo anunciaron otro de los riffs más reconocibles (no sólo del repertorio de Dylan, sino de toda la historia de la música): el de “All along the watchtower”, otra demoledora versión que dejó extasiados a todos. Cuando Dylan terminó de decir “Outside in the distance a wildcat did growl, two riders were approaching, the wind began to howl…”, efectivamente, la banda se mandó un aullido instrumental para atesorar. Todo había terminado, y Dylan y sus Secuaces se juntaron para saludar al público (su pose era mítica, con un brazo arqueado como para un retrato antiguo). Y, según dicen los que estaban más cerca, Dylan miró a sus músicos y asintió, como diciendo “Sí, hagamos una más”. Y se vino el más famoso de sus himnos: “Blowin’ in the wind”, en versión bluseada. Cuando uno pensaría que él ya está viejo para una letra tan inocente, el tipo vuelve a incorporar esta necesaria canción a su repertorio regular. Y por eso podemos considerarnos afortunados: no sólo hizo 18 canciones en vez de sus usuales 17, sino que rompió la regla de no hacer “All along the watchtower” y “Blowin’ in the wind” las dos en un mismo show (generalmente, si hace una no hace la otra). Obviamente, esas cosas se piensan después; en el momento sólo captamos el dedo de Dylan que se levantaba hacia la gente haciendo el signo de “Está todo OK”, y supusimos que esa rara muestra de humanidad con su público significaba que le habíamos caído bien.
¿Y luego? Después de que la banda se fue, sólo restaba volver a casa. Más allá de nuestro gran recuerdo del show, Mr. Cínico sacó el dato curioso de que en una noche habíamos visto a dos ganadores del oscar sin haber visto ninguna película. Mi correspondiente dato curioso fue: “Dentro de una hora vamos a volver a vivir el horario en que Dylan cantó sus últimas canciones”. Así es, porque esa noche el reloj volvía a atrasarse: al dar las 12 de la noche, volvían a ser las 11. El día en que Dylan tocó en Buenos Aires fue tan especial que duró 25 horas.